Sophia Müller: La Conquista de la Amazonia

Por Ronaldo Lidório

En 1945, Dios levanta a una mujer, soltera, bajita, fruncida, allá en América del Norte. Ella estaba pasando por una plaza en Nueva York, y un predicador de calle hablaba de Jesús. Ella se convirtió, se derramó en la presencia del Señor y recibió un llamado para hacer una diferencia en la Tierra. En el año 1949, Sophia Müller dijo: “Quiero ser misionera”.

Ella salió de América del Norte hacia Colombia. Navegó por el Río Içana, un río que comienza en Colombia, entra en la selva amazónica brasileña y la recorre más de 1.000 km. Acabó atravesando, sin saber, la frontera entre Colombia y Brasil en una pequeña e insegura embarcación. Lo que parecía ser un error de dirección por las aguas peligrosas de los ríos Negro e Içana, se convirtió en el camino hacia uno de los trabajos misioneros más consistentes realizados en la Amazonia.

Sophia Müller, por más de 40 años sirvió en el ministerio al Señor Jesús en la Amazonia brasileña, evangelizando dos tribus: Curipaco y Baniwa. Según el misionero Marcelo Pedro, de la Misión Nuevas Tribus de Brasil (MNTB), que trabaja donde Sophia trabajó, ella dividía su tiempo así: por la mañana, alfabetizaba al pueblo; por la tarde, enseñaba la Palabra de Dios; por la noche, descansaba y sacaba las dudas de los indígenas. Llama la atención de Marcelo el hecho de que las comunidades indígenas evangélicas son muy organizadas y no sufren con el alcoholismo.

En 2007, FUNAI afirmó que ese es uno de los poquísimos lugares en la Amazonia donde los indígenas no enfrentan problemas con alcoholismo, conflictos y guerras. El fotoperiodista Pedro Martinelli, en su libro “Amazonia: El Pueblo de las Aguas”, dice que los indígenas del Alto Río Negro y del Río Içana “tienen título de elector y altísimo índice de alfabetización, en algunas aldeas llega al 95%”.

Me encontré con dos indígenas ancianos Curipaco, creyentes en Jesús, que tuvieron el privilegio de remar la canoa a Sophia Müller hace décadas. Ellos me dijeron: “Pastor, aquella mujer tenía el fuego del Espíritu Santo, porque ella predicaba de día y de noche nos hacía viajar”. Era peligroso, pero ella viajaba por la noche para no perder tiempo de día. Los indios durmiendo y ella viajando. Remamos la canoa, pero ella no dormía, usaba su lámpara, aquella lámpara, y durante la noche traducía el Nuevo Testamento para la Lengua Curipa. Hoy tienen el Nuevo Testamento completo en su lengua.

Es interesante que ella plantó decenas de iglesias, más de 50, a lo largo del Río Içana, y una vez al año un milagro sucede: una conferencia en la que reúnen, al menos, un representante de cada pueblo evangélico a lo largo de ese río, entre las tribus Curipaco y Baniwa.

Tuve el privilegio de participar en una de esas conferencias. Estos representantes salen de sus aldeas, días en canoa, días de caminata en la selva y, en una fecha predeterminada, con una buena bandera, se encuentran en un algún lugar o aldea en la mata, y allí doblan sus rodillas, esas banderas en el suelo, y oran a Dios, agradeciendo porque un día él llamó a su hija Sophia Müller y ella respondió “sí”. Y así comienza aquella conferencia misionera bendita que lleva unos días.

Antes de morir en 1997, en Venezuela, fue entrevistada por un periodista cristiano. La primera pregunta que hizo fue: “¿Cómo fue su llamado?” Al que ella respondió: “Yo jamás tuve un llamado, leí una orden y la obedecí”.

Fuente: Ultimato

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Martha Claros

Directora del Área de Comunicación - COMIBAM Internacional

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