Sin perder el foco de la misión en medio de las nuevas y cambiantes realidades

brujula

Por Jesús Londoño

Cuando se acercaba el año 2000 una serie de reuniones estratégicas se dieron cita alrededor del mundo con la intención de visualizar y planificar el futuro de la misión en el nuevo milenio. Cientos de visiones proféticas y futuristas se hacían sentir en el ambiente religioso, como también en el secular. El famoso Y2K que tanto asustó al mundo, fue un problema informático que básicamente era un error de programación de software que no registraba otro año que no comenzara con 19. Así que cuando fuera 1 de enero de 2000, los ordenadores arrojarían 1 de enero de 1900. En ese entonces, la gente creía que esto causaría un grave desajuste en las bases de datos más importantes, y que los llevaría a una catástrofe y crisis económica.

Por esa, y muchas otras razones, el cambio de milenio se convirtió en una clave enigmática y futurista también para el trabajo misionero. No obstante, tan solo había pasado un año y todas las reuniones estratégicas y preparativas habían quedado casi, por no decir totalmente, obsoletas. ¿Por qué? Porque en el año 2001 tendríamos el catastrófico acto terrorista contra las Torres Gemelas de New York. Allí vimos cómo de un día para otro el entorno y las realidades mundiales cambiaban drástica y rápidamente, afectando de lleno la misión.

Traigo lo anterior a colación porque estamos viviendo situaciones similares en cuanto a su impacto en nuestra manera de pensar y actuar, aunque diferentes en su concepción. Hoy en medio de una pandemia que parece seguir presente de muchas maneras en la forma de vida social, y ahora con una guerra abierta en Ucrania en pleno siglo XXI, y ad portas de convertirse en una guerra nuclear, pueden venir las mismas preguntas y los mismos temores que en aquellos tiempos.

¿Cómo enfrentamos la misión? ¿Es ya el fin de los tiempos? ¿Debemos seguir adelante a pesar de las adversidades y peligros? ¿Hacia dónde debemos enfocar nuestros esfuerzos? Estas y muchas otras preguntas se ciernen sobre las iglesias, organizaciones y misioneros. El llamado urgente para ayudar de múltiples maneras a Ucrania (cosa que debemos hacer sin reserva alguna) no nos aleje de una reflexión profunda, pausada, bíblica y relevante a la nueva realidad. Es necesario traer a nuestra mente algunas cosas que desde mi pequeña esquina me permito proponer.

Debemos tener sabiduría para manejar la tensión entre lo urgente y lo importante. Ahora en el mundo en el que vivimos todo es urgente, y lo seguirá siendo. Es el modus vivendi que la sociedad ha decidido adaptar. Así que cada día encontraremos más y más peticiones para suplir las urgencias. Tengo que aclarar que no estoy pidiendo que nos olvidemos de las urgencias, sino más bien aprender a gestionarlas en medio de las otras tareas. En las últimas décadas, en cuanto al cumplimiento de la misión, hemos tenido muchas veces este enfrentamiento que nos ha hecho perder el foco de la misión. Como ejemplo, muchos dejaron de orar y ofrendar por misioneros y lugares de la tierra para darle atención única a la urgencia. Esto no es lo que Dios espera de nosotros. Desde el principio del libro de Los Hechos podemos comprobar que la Iglesia tuvo que gestionar la urgencia sin perder de vista lo importante de la obra misionera en desarrollo.

No podemos “desvestir un santo para vestir otro” ­–frase popular en España–. No se trata de desviar nuestros esfuerzos de un proyecto misionero a otro, sino de hacer esfuerzos conjuntos y mayores para hacer frente a las urgencias que se presentan. Dediquemos más tiempo a la oración, a levantar más finanzas, más ayuda a los necesitados de Ucrania, y de cualquier otro lugar, pero sin dejar a un lado lo que por años hemos estado construyendo en muchos otros lugares o naciones de la tierra.

Por otro lado, tenemos que dejar de hacer la misión con perspectiva cortoplacista o basada en circunstancias. Hace solo unos años se desarrolló una campaña en redes sociales sobre varias atrocidades en diferentes países que se denominó: “Yo soy”. Se puede recordar el “yo soy Charlie Hebdo” por los atentados de París. “Yo soy Siria”, por las atrocidades de la guerra y el desplazamiento, “Yo soy Yemen”, y muchas otras más. Lo que no se ve de manera general, es una visión a largo plazo para ayudar a cambiar las realidades de esos países o sociedades. Cada vez que aparece una nueva urgencia, nos damos a la tarea de llenar las redes sociales y hacer propaganda sobre el hecho, pero ¿continuaremos orando sistemáticamente por esas naciones? ¿Estamos preparando y enviando misioneros a esos lugares? ¿Estamos dispuestos a dejar nuestra zona de confort e ir? ¿O estamos solamente dispuestos a vivir en la zona publicitaria de la misión, pero no en la real?

Lo he dicho muchas veces. Nosotros somos el pueblo del Libro (Biblia), de las instrucciones y no de las circunstancias. Nuestra misión debe obedecer, en primera instancia, a un llamado claro de Dios hacia el qué y el cómo. Tenemos que mantener la hoja de ruta de la misión, aunque al mismo tiempo tengamos que aprender a gestionar las urgencias que aparecerán en este mundo con mayor frecuencia. Esto va a requerir mucho más de nosotros pero es la realidad con la que debemos vivir. El llamado a ser testigos (martureos = mártires) (Lucas 24:48 – Hechos 1:8) propone una aceptación al sacrificio, al sufrimiento, al trabajo forzado, en muchas ocasiones, y a desgastar nuestras vidas en el servicio a Dios como lo expusiera Pablo: “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos” (2 Corintios 12:15).

El presente siglo y las realidades cambiantes pedirán de nosotros un constante esfuerzo en el cumplimiento de la misión. Tenemos que ser más flexibles en los procesos misioneros, más abiertos a los cambios, y posiblemente a la temida improvisación que, dicho sea de paso, nos enseñaron que siempre era un mal concepto. Tenemos que vivir en la tensión de “hacer esto sin dejar de hacer aquello” como lo enseñó Jesús (Mateo 23:23). Tenemos que ver al mundo como uno solo con sus complejidades y diversidades, entendiendo que hay necesidad en todo lugar y solo podrá ser suplida si la Iglesia como un cuerpo (todos sus miembros) asume su responsabilidad.

No tengamos temor a las nuevas realidades cambiantes. No nos dejemos amedrentar ante la escalada de situaciones que nos sobrepasan. Volvamos a las palabras del Maestro: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Mantengamos firme el timón del barco y llevémoslo a buen puerto. Cumplamos lo que Dios espera de nosotros sin olvidarnos ni por un minuto de ayudar en medio de las difíciles crisis y urgencias que asaltan a este mundo sin esperanza.

 

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