“¡No volverán vivos!”

MNT

 

En 1943, el primer equipo de misioneros de la Misión Nuevas Tribus fue a Bolivia para buscar grupos de personas que nunca habían escuchado el evangelio y establecer una iglesia entre ellos. Tuvieron éxito, a un gran costo.

Poco se sabía sobre el pueblo ayoreo, y lo que se sabía no les tranquilizaría. Su estilo de vida nómada complicaba todos los esfuerzos para hacer un contacto amistoso, incluso si éste fuera posible.

“No volverán vivos”, se les advirtió a los misioneros. Pero esto no los disuadió.

Otros les preguntaron: “¿Por qué salir y arriesgar sus vidas?”

La respuesta fue simple: “Es porque el glorioso nombre de Jesús no se conoce allí, y debemos darlo a conocer”, explicó Cecil Dye. “No creo que nos importe tanto si esta expedición es un fracaso en lo que respecta a nuestras vidas, pero queremos que Dios obtenga la mayor gloria posible de todo lo que ocurra”.

Y así se fueron.

Después de meses de arduo trabajo, se abrieron paso a través de la densa jungla y, sufriendo lesiones físicas y enfermedades en el proceso, llegaron a un pequeño arroyo. Era noviembre de 1943, y de allí en adelante anticiparon el contacto con los ayoreos en cualquier momento. Clyde Collins y Wally Wright regresaron a Roboré con los burros y el exceso de suministros mientras los otros cinco hombres se preparaban para continuar: Dave Bacon, Bob Dye, Cecil Dye, George Hosbach y Eldon Hunter.

Las últimas palabras de Cecil a Clyde y Wally fueron: “Si no oyes nada dentro de un mes, puedes venir a buscarnos”.

Pasó un mes, un largo mes, y nada.

Salieron los grupos de búsqueda. Encontraron objetos pertenecientes a los hombres, pero no a los hombres.

“Justo debajo de la superficie… estaba la pregunta, “¿Nuestros esposos aún están vivos?”, escribió Jean, la esposa de Bob Dye, dijo: “No había nada que pudiéramos hacer excepto esperar. Los días se prolongaron… la espera se hizo insoportable”.

Los días se convirtieron en semanas, meses y años antes de que se supiera la verdad. Pero los misioneros restantes estaban decididos a ganar las almas de los ayoreos para Cristo. La pérdida fue grande, pero su perspectiva no cambió. Levantaron la antorcha de los cinco hombres.

¿Pero qué hay de los hombres?

Siempre quedaba una pregunta: ¿qué les había pasado a los cinco hombres?

No fue sino hasta 1950, después de que se estableció un contacto amistoso con un clan vecino, que se supo la verdad. Uno de los hombres había estado allí. Sabía lo que había pasado. Y estaba dispuesto a hablar.

Comunicó que, aunque los ayoreos se alarmaron cuando los cinco hombres blancos entraron en su aldea, no dispararon a la vista. Pero sí vigilaban atentamente a los hombres que colocaban regalos en el centro.

Al principio todo fue bien. Los regalos fueron algo bueno. Pero una hora después del contacto, surgieron problemas. Uno de los guerreros se molestó, creyendo que merecía un regalo más grande. Y por esa avaricia, los cinco hombres fueron asesinados.

Más tarde, cuando el jefe regresó y supo lo que había sucedido, se molestó con los guerreros y les dijo. “No debieron haberlos matado”.  Se dio cuenta que sus guerreros habían perdido. Los hombres blancos no habían traído armas. Habían venido en paz. Pero fue demasiado tarde. Los hombres estaban muertos. Fueron enterrados en un jardín ayoreo.

¿Recuerdas lo que escribió Cecil antes de enfrentar el martirio? “No creo que nos importe tanto si esta expedición es un fracaso en lo que respecta a nuestras vidas, pero queremos que Dios obtenga la mayor gloria posible de todo lo que ocurra”.

Y Dios lo hizo. Dios trajo belleza de las cenizas. Nació una iglesia ayorea. Y eventualmente, la familia de aquellos que mataron a los primeros cinco hombres, se convirtió en parte de la familia de Dios.

Fue un momento agridulce cuando estos parientes, aceptando la culpa como propia, le dijeron a Audrey Bacon: “Lamentamos haber matado a su esposo”. Y luego esperaron una respuesta.

Sería difícil encontrar una buena respuesta. Pero Dios ha traído belleza de aquel aparente fracaso. Convirtió las cenizas del dolor en algo hermoso, en corazones centrados en Él.

Audrey les aseguró, “Valió la pena la muerte de mi esposo por verte llegar a conocer a Jesucristo”. Les habló desde su corazón a cada una de las viudas.

Valió la pena. ¿Escuchas el sacrificio detrás de esas palabras? ¿Hoy qué nos costaría a nosotros alcanzar a otros para Cristo?

Fuente: Ethnos 360

The following two tabs change content below.

Martha Claros

Directora del Área de Comunicación - COMIBAM Internacional

Latest posts by Martha Claros (see all)

Comments are closed.