Misionando con familias desplazadas

Por Dr. Carlos Pinto

La familia desplazada por violencia social, política o económica comparte un mismo sentir: El haber sido forzada voluntaria o involuntariamente a dejar su casa, familia extendida, pueblo, o país por razones de fuerza mayor. Este “abandono” generalmente no se la percibe como una pérdida que requiere ser procesada como cuando una persona enfrenta la pérdida o muerte de un ser querido. Sin embargo, la familia desplazada o refugiada experimenta varias muertes; la muerte de sus sueños que tenían sobre la educación de sus hijos, la muerte de tener una casa propia y un trabajo digno en su país de nacimiento, la muerte o pérdida de su red social, amistades e iglesia, de dónde provenía la fortaleza psicológica y espiritual en su diario vivir.

Vivir un buen duelo es necesario para recomenzar

El tener que abandonar su “tierra”, el desplazarse en forma forzosa y el estar obligada a adaptarse a un nuevo lugar y a una nueva forma de vida conlleva diversos tipos de pérdidas, muertes y renaceres. La familia desplazada está forzada a dejar morir inconsciente o conscientemente los ideales que se había forjado para sí misma. Lo positivo es que este proceso se da como un mecanismo de defensa psicológico que le permite a la persona o familia desplazada “hacer raíces” en el nuevo lugar. Al parecer, aunque sea doloroso es importante vivir un buen duelo para poder iniciar algo nuevo.  Por el contrario, si no se termina este ciclo provoca que siempre se viva en calidad de inmigrante o en una crónica melancolía.

El ser humano fue creado por Dios para vivir en comunidad, en relación con otros y con Dios. En este sentido el desplazamiento forzado arranca a la familia del contexto sociocultural propio, el cual ha sido generador indirecto de la personalidad del individuo y la familia. Por esta razón, lo familiar se transforma en no familiar y desconocido. Es así que uno de los resultados del desplazamiento o migración forzada es un sentimiento de alineación sentido por la familia. Un sentir que no afirma ni refleja el Shalom, en el cual Dios quiere que ella viva.

El quehacer misionero en este contexto

Ser un agente de compasión, sanidad, abogacía y transformación es un don necesario de ejercer en la tarea misionera al trabajar con familias desplazadas o en situación de refugio. Las familias desplazadas necesitan encontrar personas que les traten en lo posible como personas con valor y dignidad y no simplemente como receptores de un programa de ayuda humanitaria. Es necesario considerar la integralidad de sus necesidades y evitar ver a la persona o familia en forma compartamentalizada enfatizando solo su necesidad espiritual, o solo su necesidad material.

Es también importante evitar una actitud asistencialista y más bien ser un agente que facilite sanación y transformación a quien se acompaña o ministra en esta situación. El escuchar los dolores y sufrimientos aliviara el sentimiento de desesperanza. El rol del misionero ayudará a facilitar que victimas puedan considerar la presencia de Dios aun en estas circunstancias difíciles.

Resalte los recursos inherentes que como persona o familia tienen; como el animarse, ayudarse, mostrarse amor, protegerse, etc.

Estudie y revise su teología bíblica sobre el sufrimiento para que una perspectiva inadecuada del dolor no la conduzca a ejercer una actitud de sobre-espiritualizar la respuesta, o a sentirse culpable por no poder cambiar la situación de la familia desplazada, o llegar a sobre involucrarse emocionalmente ayudando en una manera desmedida que pueda provocar una relación de dependencia y de daño.

Efecto en la población infantil

El desplazamiento forzado de una familia a otro país u otra región provoca en el niño un impacto psicológico complejo el cual repercute en su salud emocional y en el desarrollo de su identidad. A su vez, los padres en situación de desplazamiento atraviesan al inicio por un período de incertidumbre y depresión, lo cual disminuye sus capacidades parentales de ser fuente de estabilidad emocional para sus criaturas. En situaciones como éstas los niños se ven forzados a asumir roles seudo parentales, acelerando su desarrollo y actúan en forma responsable en el cuidado y mantenimiento de la familia.

Omnipotencia vs. Impotencia

En una situación normal los niños crecen percibiendo y sintiendo que sus padres son omnipotentes, los cuales siempre satisfacen sus necesidades y proveen el valiosísimo sentido de seguridad. Este es un tipo de experiencia y sentir que es requisito indispensable para que los niños crezcan con un buen grado de salud mental. El percibir que sus padres son omnipotentes y capaces de protegerlos es internalizado, conformando parte de su propia identidad.

Sin embargo, el niño desplazado confronta la desmitificación de tener padres omnipotentes y es forzado a percibirlos como impotentes, incapaces de tener control sobre sus vidas y sobre la de sus hijos. Este sentir crea desilusión y la pérdida de la perspectiva inocente que las criaturas asumen el creer que sus padres y adultos son personas confiables. Por el contrario, la experiencia del desplazamiento le enseña que el medio en que viven es hostil y que no hay seguridad en la vida ni en sus padres, lo cual es un elemento nocivo para la salud mental de los niños.

El percibir que la sociedad o gente adulta es injusta provoca una desilusión de vida   que afecta la identidad que la criatura está forjando. Por ejemplo, el adolescente que tiene que vivir en una casa de refugio se pregunta en por qué tiene que estar en esta situación, o a dónde o qué país pertenece. También observa que otras personas se refieren a él como desplazado y se pregunta si realmente es una persona digna. Éstas y otras preguntas son reflejo de la afección que el niño enfrenta en su proceso de identidad en su condición de desplazado.

Confianza vs. Desconfianza

La capacidad de confiar en sus padres o en otros adultos es desarrollada por los niños a medida que tengan experiencias donde sus padres u otras personas muestren ser individuos confiables. Sin embargo, el niño desplazado vive muchas veces en situaciones donde se respira la inestabilidad, el temor, la incertidumbre, e inclusive la violencia. Este tipo de ambiente genera en la criatura un sentimiento de desconfianza, lo cual al ser internalizado conlleva a impedirles relacionarse con otras personas y más bien a vivir en constante estado de hipervigilancia y desconfianza. Esta actitud muchas veces es interpretada por otras personas como una barrera para ayudar al niño desplazado quien se presenta como una persona áspera y dura que no desea ser ayudado cuando en realidad es todo lo contrario.

Tareas y Oportunidades

Si consideramos que los niños sufren la desilusión de percibir que sus padres son impotentes y no omnipotentes, se hace necesario entonces ayudar a los padres desplazados a poder tener más control sobre sus vidas y emociones. Es importante recordar que esta situación es una crisis psicosocial y por lo tanto el buscar formas en que los padres puedan lograr un empleo temporal o ingresos económicos puede contribuir a que se sientan que tengan mejor control de sus vidas y la de sus hijos. Esto será percibido por sus hijos lo cual generará mayor confianza en sus padres y por consecuencia en ellos mismos.

El tipo de relación que un misionero(a) establezca con la familia refugiada y con los niños refugiados puede ser un factor de sanidad cuando el amor de Dios en forma incondicional es mostrado a través de la actitud, de las palabras y del trato. Cuando el servicio misionero muestra en forma natural el respeto y amor, este tipo de experiencia de amor cristiano provocará que los niños contrarresten sus dudas sobre su desconfianza hacia otros y sobre su valor propio. Cuando el niño experimenta que hay adultos en los cuales puede confiar y que hay personas que no los tratan con el estigma de ser un niño desplazado sino como alguien más de la comunidad, su estado emocional y su proceso de identidad serán reparados. El amor de Dios dado por su Iglesia a niños desplazados es un mandato, eso mismo hizo Dios con nosotros.

Dr. Carlos Pinto

Es psicólogo clínico y terapeuta familiar

Director asistente del área de Cuidado Integral del Misionero COMIBAM Internacional

 

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Martha Claros

Directora del Área de Comunicación - COMIBAM Internacional

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