La gracia de la generosidad radical

dar

Por Daniel Bianchi

La Escritura tiene mucho que decir acerca de la ofrenda y si hemos de “enseñar todo el consejo de Dios” este tema no puede quedar afuera. Más allá de opiniones y experiencias personales, más allá de las interpretaciones acerca de porcentajes y formas, más allá de excesos y equivocaciones; no cabe duda que necesitamos considerarlo. La crisis que vivimos puede tentarnos a posponerlo para un momento propicio. Sería una equivocación. La ofrenda no depende de la condición individual del ofrendante ni de su contexto específico. La ofrenda es expresión de la generosidad y esta tiene origen en la gracia de Dios.

Pensamos, cantamos y enseñamos de la gracia de Dios. No siempre entendemos su relación con la generosidad. La generosidad que proviene de la gracia recibida nos conduce a ir más allá. Nos llama a responder de la misma manera – con gracia y generosidad – y hacerlo más de lo que pensamos. En pala- bras del Nuevo Testamento hacerlo de manera “sobreabundante”.

1. Dar hasta que se nos tenga que impedir seguir dando (Éxodo 35, 36)

Impresiona un hecho irrepetible registrado en el Antiguo Testamento. Dios ordena la construcción del tabernáculo y pide que su pueblo ofrende para esa tarea. Debe notarse que él es quien inicia la ofrenda y la misma está dirigida a él. El acto de ofrendar está puesto en términos de obediencia, generosidad, sabiduría de corazón y comunidad. Aquellas personas dieron de manera voluntaria y conforme a lo que tenían. Ofrendaron en bienes de toda clase, así como por medio de sus capacidades y conocimientos (que Dios mismo les había dispensado como en el caso de Bezaleel y Aholiab). La ofrenda fue inclusiva porque nadie quedó afuera: hombres y mujeres, líderes y liderados. La ofrenda tenía un propósito: fue para la obra que el Señor les había mandado. Aun así, los recursos estaban en las manos de su pueblo. El texto dice que la ofrenda no fue algo casual, sino que fue persistentemente realizado. Tal generosidad dio como fruto algo increíble…Dieron más que para lo suficiente. Dieron con tal generosidad que sobró y aun así siguieron dando. Llegó a abundar hasta tal punto que hubo que anunciar a la gente que no diera más. Pero como ellos siguieron ofrendando tuvieron dar un paso más: ¡se les impidió seguir ofrendando!

Pensemos en esto: Ofrendar hasta que abunde tanto que se te tenga que impedir que se ofrende más…

¿Alguna vez lo hemos visto? “Es una historia del Antiguo Testamento”, alguien puede objetar. Entonces cabría preguntarse ¿cómo es posible que “el mandamiento y la ley” generarán tamaña respuesta de generosidad? Más aún, ¿podemos acaso nosotros – que conocemos y experimentamos la superabundante gracia de Dios – ser menos generosos?

Pero hay más. Se puede también argumentar que en el Nuevo Testamento no se ordena construir un edificio como el tabernáculo, ni ningún otro si se va al caso. Ahora nosotros somos el templo de Dios. Teniendo eso claro pensemos no obstante que somos construcción y co-constructores. En cuanto a lo primero se nos llama a acercarnos al Señor (rechazado por los hombres, pero escogido por Dios). De esta manera, Dios hará de ustedes, como de piedras vivas, un templo espiritual, un sacerdocio santo, que por medio de Jesucristo ofrezca sacrificios espirituales, agradables a Dios. (1 Pe.2:5 DHH). El templo – cuyo fundamento y constructor es Dios – está formado por piedras vivas y todavía no está terminado, queda tarea por hacer. Pablo usa esta doble imagen: somos edificio de Dios, pero también colaboradores suyos en la construcción: “Ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios. Según la gracia que Dios me ha dado, yo, como maestro constructor, eché los cimientos, y otro construye sobre ellos. Pero cada uno tenga cuidado de cómo construye…” (1 Co. 3:9-13 NVI).

En este momento hay situaciones de necesidad espiritual y pobreza humana que requieren nuestra generosidad radical impulsada por la gracia de Dios. Hay centenares de millones de personas, miles de lenguas y pueblos del mundo que no estañan incluidos en este edificio. Somos co-constructores con Dios. Recibimos el encargo de levantar el templo vivo de Dios y de hacerlo hasta que él venga. Esa es la obra que él nos dejó, es su misión y para ella están los recursos disponibles. La pregunta es cómo estamos usando los recursos que Dios nos dio para su obra. Mientras pensamos, observemos otro ejemplo increíble.

2. Dar pidiendo de manera insistente poder dar (2 Co. 8,9)

Será difícil encontrar en todo el Nuevo Testamento otro ejemplo más conmovedor que el de la gracia de la generosidad modelada en la vida de las iglesias de Macedonia y de Acaya. (Ver también: Romanos 15, 1 Corintios 16). En su segunda carta, Pablo, dedica dos capítulos para describir la generosidad y el gozo de las iglesias del norte y sur de Grecia. Comienza señalando que la gracia de Dios derramada sobre ellas fue lo que impulsó su generosidad (2 Co. 8:1). La gracia de Dios – cuando se comprende – mueve a quien la recibe para responder de manera semejante. “La gracia de Dios no fue en vano”, dijo el apóstol en otro contexto. Al contrario, lo facultó para mayores y mejores cosas. Con la gracia viene la generosidad y el dar es su expresión más concreta, tal vez la gran evidencia de la gracia verdadera. Notar las palabras relacionadas: “Se ha dado” (8:1), “abundancia/abundaron” (8:2), “han dado” (8:3); “participar” (8.4); “se dieron” (8:5); “ofrenda abundante” (8:20). Como dijo John Stott: “Gracia es otra palabra para la generosidad”.

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Daniel Bianchi

Daniel Bianchi es pastor ordenado de la Convención Evangélica Bautista Argentina. Tiene un doctorado en ministerio con especialidad en estudios interculturales otorgado por la Facultad Teológica Sul Americana de Londrina, Brasil. En 2014 fundó Conexión Oriental para servir a refugiados y cristianos perseguidos en Medio Oriente. En enero de 2017 fue nombrado como Director de Lausana para América Latina.

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