El verdadero sentido de la Navidad

“Pues nos ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado; el gobierno descansará sobre sus hombros, y será llamado: Consejero Maravilloso, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Su gobierno y la paz nunca tendrán fin. Reinará con imparcialidad y justicia desde el trono de su antepasado David por toda la eternidad. ¡El ferviente compromiso del Señor de los Ejércitos Celestiales hará que esto suceda!” Isaías 9:6-7

Navidad se relaciona con la Cruz

Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle… El Pastor Cristian Gómez, de México nos lleva a reflexionar, Navidad se relaciona con la cruz…

“Cuando los magos vinieran del Oriente llevaban tres regalos simbólicos: el incienso, el oro y la mirra. Con el incienso estaban reconociendo a un dios, en ese pequeño al que visitaban. El incienso es usado en los cultos como adoración, como perfume de oración a la divinidad. Ofrecerle incienso, y como dice el evangelio de Mateo, prostrados, es reconocer un dios en ese niño. El oro es reconocer el carácter de un rey y el carácter amoroso de Dios. El rey que había sido prometido de la estirpe davídica. La promesa era que se levantaría un rey que constituiría un reino eterno para establecer la justicia y el amor de Dios para siempre. Ofrecerle oro era reconocer que ese niño era el rey que ellos venían buscando. También le ofrecieron la mirra, una especie aromática relacionada sobre todo con el embalsamamiento de los muertos. La palabra mirra significa amargura. En la alegría de un niño pequeño con sus padres ¿por qué ofrecerle algo que puede relacionarse con la muerte, la amargura y el dolor? Precisamente porque Navidad está relacionada con la cruz. Porque, ¿cómo podemos decir que el amor ha llegado a ser total si no va en ello la vida? Dios ha mostrado el acto supremo del amor, la muestra superlativa del amor. La entrega de Dios no es solamente haber venido a este mundo, hacerse finito para que conocieran, comprendieran, experimentaran su amor a través de los mensajes, de las sanidades, de las liberaciones. Es una entrega que va todavía más allá. Es la disposición de Jesús de hacerse vulnerable, de hacerse mortal, susceptible de que lo golpearan, lo rechazaran, lo torturaran, lo mataran. ¿Quien? Aquellas personas que él más amaba. El acto absoluto de la entrega amorosa implicaba la humillación, la debilidad, compartir con nosotros el dolor y la muerte”.



 

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Mary Fernández

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