Duelo subjetivo, la misión y el COVID-19

confinamiento

Por Dr. Carlos Pinto

Estoy estancado, no puedo salir de casa, no puedo realizar mi ministerio, no puedo volver a casa, no tengo dinero y…, no sé, si mi iglesia podrá sustentarme cuando termine esta crisis.

La pandemia del COVID-19 ha provocado un periodo de parálisis en muchos aspectos de la vida cotidiana. De pronto, en forma inesperada, nuestra rutina personal, familiar, laboral y misional es imposible de realizarla en forma habitual.  Sí, el mundo ha cambiado y -en ese sentido- todos, incluyendo las personas y familias misioneras, están enfrentando un duelo subjetivo por haber perdido el sentido de lo normal, la capacidad de control sobre sus vidas, la capacidad financiera y la libertad de contacto con otras personas.

Generalmente se ha asociado el duelo con la pérdida material de un ser querido, pero también existe el duelo subjetivo. Este segundo tipo de duelo, sucede cuando la pérdida no está asociada al luto por la muerte de un familiar; sino, cuando se pierde un ideal, un sueño, una misión, un llamado, un privilegio o el trabajo. En el caso del COVID-19 el mundo entero está sufriendo un duelo colectivo, al que aún no se le da el significado serio que implica.

En el mundo de la misión también se vive este duelo subjetivo encubierto.  Las organizaciones de envío sienten que ya no tendrán la cantidad de actividad que tenían antes de la pandemia, porque los potenciales misioneros han perdido el deseo de salir al campo.  Las iglesias han perdido la certeza sobre cómo afectará la crisis sanitaria su presupuesto, y finalmente los misioneros que están en el campo han perdido su libertad para misionar y están preguntándose cuándo acabará esta crisis para poder retomar a su ministerio.  A su vez, no se sienten seguros sobre la continuidad y sustentabilidad del movimiento misionero. Lo descrito muestra una serie de pérdidas que conlleva a vivir un duelo subjetivo, que a la vez es rechazado con la certeza de que Dios es soberano.  Iglesias y organizaciones misioneras tienen el conocimiento de todo esto, en tanto su deseo es que toda persona y pueblo conozca a Jesús. Su objetivo final sigue siendo el mismo. De alguna forma, la situación actual es una paradoja en el peregrinaje misionero.

Tiempos de incertidumbre

¿Pero cómo vive en este momento el/la misionero/a o la familia misionera que está en Asia, África, Oriente Medio, India, Europa o las Américas y se siente obligado/a a obedecer la norma del confinamiento? De qué manera le afecta ver que la comunicación con su iglesia se ha interrumpido y que la incertidumbre del futuro lo embarga.  ¿Cómo afecta este duelo ante la pérdida de su libertad y control de su vida, viendo que las personas a las que sirve se contagian y mueren? ¿Cómo afecta todo esto su espiritualidad y estado emocional?

La respuesta más lógica es afirmar que la incertidumbre provoca en la persona o familia misionera un estado de ansiedad que es difícil de tolerar. Este sentimiento surge por el hecho de que no se tiene control sobre una serie de situaciones internas y externas en su diario vivir.  La pregunta existencial que surgirá es: ¿Señor por qué permites esto? ¡He llegado al campo misionero, veo que hay mucha gente que aún no te conoce y ahora con la crisis sanitaria no puedo salir, mi iglesia no ha enviado su ofrenda, tengo temor a contagiarme y no sé qué hacer!  Los sentimientos de enojo, tristeza, frustración y otros, acompañan este periodo de duelo; también, en otros momentos diferentes de intimidad con Dios, surgen nuevos conocimientos profundos del Emanuel y del Yo soy. Esto provoca una resiliencia maravillosa en la vida misionera.

Contexto de pérdidas y emociones

A continuación, enumero algunas de las situaciones y emociones que la persona o familia misionera puede sentir en el contexto de la crisis sanitaria producida por el COVID-19. El ser consciente de estos cambios y pérdidas puede en parte explicar por qué se sienten de esta forma.

  • Ambigüedad sobre su futuro, pérdida de control.
  • Pérdida de la pequeña seguridad financiera.
  • Pérdida del sentido de seguridad.
  • Preocupación por la familia extendida que dejó en su país de origen.
  • Sentimiento de aislamiento y soledad.
  • Cambios en sus hábitos y rutinas de vida cotidiana.
  • Planes de actividades ministeriales que se cancelan, provocando un vacío.
  • Conflictos con su familia inmediata, con las cuales convive.
  • Citas establecidas con colegas y amistades que son canceladas.
  • Pena por darse cuenta que está sola/o y distante de sus familiares.
  • Temor al contagio, temor al futuro y falta de fondos para pagar la renta, comprar alimentos.
  • Mucho tiempo para pasar a solas con Dios, que antes no lo tenía.
  • Mucho tiempo a solas si es soltero/a o mucho tiempo con su familia si se está casado/a.

Duelo social

Cuando Dios creó a la humanidad, la hizo para que vivir en comunidad, en buena relación con Dios, con nosotros mismos y con nuestros semejantes. En ese sentido el distanciamiento social y el confinamiento viola este principio y causa niveles de estrés altos cuando pasan los días y se ha perdido la capacidad de relacionarse con otras personas.

La persona o la familia misionera generalmente vive en una matriz amplia de relaciones. Sin embargo, cuando el confinamiento lo interrumpe, provoca una pérdida de su red social, que a su vez está asociada con su identidad y propósito de vida, que es el comunicar el Evangelio en el país donde ha llegado a servir.

El distanciamiento social no es la norma para la vida saludable del ser humano, aunque en algunos casos su ejercicio temporal es la única opción para proteger la integridad física de la persona. Aunque este proceso de aislamiento duela, frustre, aburra y nos provoque sentimiento de tristeza, conviene preguntarse: ¿Qué enseñanza puedo sacar de este proceso? ¿Qué puedo aprender sobre mi persona en relación a mi intolerancia a estar solo mucho tiempo? ¿Por qué tengo la obsesión de productividad y de estar con gente?

Algunas personas sugieren que se asuma este momento de confinamiento para iniciar un peregrinaje de los sentimientos de soledad a una disciplina de solitud, donde la intimidad con Dios lleva a una conexión más significativa e intensa. Otra forma de aprovechar este duelo social sería el emprender un viaje de autoexploración para conocer lo bueno, lo malo y lo feo de uno. Por lo general se muestra el lado bueno a las personas, y como en tiempos normales se vive más en relaciones sociales, se está más en contacto con la parte buena de uno y se esconde la parte fea, que se pretende desconocer.  Esta podría ser una oportunidad para re-trabajar tu ser interior verdadero a la luz de lo que la Palabra muestra, como pecador en proceso de santificación.

Emociones en el misionero

Si eres una persona o familia misionera es normal que estés sintiéndote frustrado, apenado, enojado, desilusionado.  Lo que estás sintiendo es lo que toda persona experimenta frente a un duelo. Lo que sucede es que como no es un duelo material, porque no has perdido a un familiar, entonces sientes quizás que no es normal lo que estás sintiendo.  Pero es todo lo contrario, el duelo subjetivo está encubierto, pero si indagas profundamente encontrarás enojo, pena, vergüenza, lo cual es normal.

Lo importante en esta etapa es aceptar tus sentimientos como válidos, por ser parte normal de un duelo que estás enfrentando. Acepta y nombra tus sentimientos, no los reprimas o ignores pensando equivocadamente que no debes sentirte así al ver que la población a la que sirves la está pasando mucho peor que tú. Date el permiso para sentir tu enojo, pena y exprésalo a Dios. Él entiende lo que estás pasando porque Él también fue humano y experimentó, como humano, enojo y pena. Es más, Él te creó con emociones, las cuales no son malas.  Malo sería el que las expreses en forma no saludable, con violencia o agrediendo a otras personas.

A continuación, algunas recomendaciones para enfrentar un duelo relacionado al COVID-19:

  • Sé compasivo o empático contigo mismo y evita sancionarte por sentir lo que sientes.
  • Identifica que emociones tienes y exprésalas a Dios, cuéntalas a tu pareja o a una persona de confianza a través de una conversación vía Skype u otro medio accesible.
  • Reflexiona y reordena tu forma de pensar sobre tus pérdidas y conoce más de tu persona. Si eres introvertido quizás el confinamiento no te afecte mucho, pero si eres extrovertido te puede afectar más. Evita aislarte emocionalmente.
  • Comunícate con tu iglesia, con los que te apoyan, ofrécete a orar por ellos y cuéntales como estás, cómo está tu familia y las personas a quienes estabas compartiéndole el mensaje de salvación.
  • Recuerda que cada crisis te invita a tener una oportunidad para crecer cualitativamente como persona, como hijo e hija de Dios, como misionero; ¡aprovéchala!
  • Diseña una estructura variada de tareas para cada día, y mantenla. Cuida de tu dieta, haz ejercicios, usa el tiempo para meditar en quién es Dios y en su carácter.
  • Aprovecha para crecer como persona, como hijo e hija de Dios y como misionero. Usa este tiempo para programar qué tipo de actividad ministerial realizarás luego de la crisis.

Como ayudar a un misionero

Nuestra cultura occidental nos ha enseñado a fragmentarnos, privilegiando la razón sobre la emoción.  En tiempos antiguos se criticaba a las mujeres por ser muy emocionales, implicando que el varón era superior por ser más racional.  Lo anterior es opuesto a la enseñanza bíblica, que por el contrario destaca que Dios creó a la humanidad a su imagen y semejanza, con la capacidad de razonar y sentir en forma integrada y no fragmentada.

A continuación, una lista resumida de acciones que son recomendables para acompañar a la persona o familia misionera atrapada en esta crisis del COVID-19.

  • Escucha sus palabras y sus emociones, y valida lo que está pensando y sintiendo.
  • Ayuda a que el misionero exprese sus sentimientos y pueda explicar por qué razón se siente de tal o cual manera. Menciónale que es normal que se sienta y piense así en esta circunstancia temporal.
  • Anímale a ser más empático con sus sentimientos, a que no tiene que sancionarse o sentirse culpable por estar enojado con Dios. Más bien anímale a que exprese su lamento o queja a su Padre celestial.
  • Pregúntale qué recursos internos y externos tiene y anímale a compararlos con las pérdidas que enfrenta. Quizás descubrirá que tiene más que lo que ha perdido.
  • Explícale, si es necesario, que necesita cambiar su forma de pensar, para no generalizar ni ser muy pesimista, en vez de buscar una manera más balanceada de pensar; siempre hay pérdidas, pero también ganancias.
  • Busca ayudarle a reconceptualizar su duelo subjetivo y no verlo como catastrófico. Esa es una medida importante de autoayuda.  Los Salmos nos dan un gran ejemplo, pues generalmente inician alabando a Dios, para luego expresar una queja o dolor y terminar declarando la importancia de confiar en la soberanía y gracia de Dios, recordando los milagros que Él hizo en el pasado.
  • Pregunta si pueden orar juntos y cuáles son sus motivos de agradecimiento a Dios y sus puntos de oración. Oren juntos.

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Carlos Pinto

El Dr. Carlos Pinto es psicólogo clínico y familiar. Sirve como consultor sobre Cuidado del Misionero en HCJB y SIM, y es director asistente del Área de Cuidado Integral del Misionero de COMIBAM.

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