Desespero y Dolor en la Cordillera

Venezolanos en búsqueda de esperanza y futuro

Por Robin E. Tinley

Una noche completamente oscura desciende rápidamente sobre la plaza pequeña. Una llovizna penetrante desciende su fría humedad en el suelo de piedra. Alrededor de treinta y cinco hombres, la mayoría con ropa de mangas cortas o sin mangas, se acurrucan bajo los dos únicos árboles. La lluvia gotea de los árboles sobre ellos. Dos muchachas se apresuran a extender una “tienda” improvisada, hecha con bolsas de basura de plástico negro, al tiempo que tratan de mantener seca a una pequeña niña en pijama. Ellas escogen el escalón superior de la plaza, contra una pared larga y baja de un edificio cerrado. La lluvia corre por el techo hacia su refugio, colapsando.  Bajo el umbral estrecho y arqueado de la puerta cerrada del edificio, una joven pareja se sienta en completo agotamiento físico, inclinándose tanto como sea posible contra la puerta cerrada, no teniendo otro lugar para colocar las piernas, de la rodilla hacia abajo, que se quedaron bajo la lluvia. Entre sus dos cuerpos ellos intentan albergar a su hijo de ocho meses. Todos en la plaza se están mojando de alguna manera.

Este lugar es la primera ciudad colombiana en el camino a lo alto y a lo largo de la Cordillera de los Andes, en la penosa ruta de la frontera venezolana, atravesando Colombia hasta la frontera ecuatoriana, por Ecuador hasta la frontera peruana, por el Perú hasta la capital, y – para algunos – por el Perú hasta Chile o Argentina. Representa sólo los primeros días de viaje a pie de los venezolanos que huyeron del colapso espectacular, precipitado y surrealista de su nación – otrora una de las más ricas del continente. A mediados de septiembre, hombres, mujeres, la niña y el bebé todos están en la primera etapa de una caminata de más de 4 mil kilómetros, a pie.

Ellos son sólo una parte de los doscientos a quinientos venezolanos que pasan por allí cada día de la semana, algunos empujando a ancianos en una silla de ruedas, muchos cargando a un bebé o niño, un número muy grande de embarazadas, casi todos con ropa para climas calientes. La mayoría no tiene dinero, comida o conexiones fuera de Venezuela. No comen bien desde hace mucho tiempo en su país de origen, donde el salario de un mes es suficiente para sólo dos días de comida. Ellos vendieron sus casas y pertenencias para pagar el paso de autobús para atravesar Venezuela hasta la frontera colombiana – si tienen suerte. Algunos no pueden ni hacer eso, entonces caminan una semana por Venezuela hasta la frontera – antes de comenzar su larga caminata por varios países.

Aquí en la vecina Colombia, esta noche oscura en una plaza de la montaña, cada venezolano tiene hambre, sed, frío y está mojado. Ellos han andado sin parar en el camino de la montaña hace dos o hasta cuatro días. Ellos llevan consigo todo lo que tienen en una mochila o una forma de maletín: tal vez un cambio de ropa, tal vez fotos de la familia dejada atrás, tal vez botas profesionales para un trabajo que esperan en el futuro. Ellos vienen de llanuras cálidas y planas o de la costa caliente. Ellos nunca conocieron el frío – no más de lo que sentían al abrir la puerta de la nevera para sacar algo. Ellos nunca durmieron en el suelo de una plaza pública.

Ellos no tienen abrigos, chaquetas, guantes, suéteres, pañuelos. Sus calcetines (si tienen alguno para estrenar) y los zapatos ya están gastados. Sus calzados son sandalias, mocasines baratos o tenis de bajo costo. Todos ellos se dirigen a un paso en la montaña de 3.000 metros de altitud, donde al menos dieciocho de sus compatriotas murieron recientemente de hipotermia y exposición al frío. Ellos no están preparados, no tienen recursos para esa jornada tenebrosa y no tienen idea de lo que está por venir.

La supervivencia de ellos depende de extraños. Algunos extraños son gentiles. Otros no. En una atmósfera creciente de xenofobia contra inmigrantes venezolanos, algunas personas se están volviendo contra ellos, algunos países están cerrando las puertas. En esta ciudad, en particular, los habitantes de la ciudad están en sus acogedoras casas, cenando, preparándose para una cama caliente. Ellos vieron avalanchas de venezolanos pasar por sus tiendas y casas, todos cansados, todos con hambre, sin un centavo en el bolsillo. Es hora de desviar la mirada. No hay habitación disponible. No esta noche. No para ellos.

Entonces el pequeño milagro surge en la noche. Una furgoneta estaciona al otro lado de la calle. De allí desciende un cansado grupo de misioneros. Desde el comienzo de la mañana, vienen subiendo la montaña, parando cada vez que encuentran a un grupo de venezolanos saliendo, haciendo  que suelten sus cargas pesadas y se sienten por un momento, mientras los cristianos les dan sándwiches y chocolate caliente, arreglan sus zapatos rotos, les distribuyen ropa de montaña y otras cosas donadas por creyentes colombianos, oyen sus historias, cuentan una historia – una de las historias de Dios – comparten información para hacerlos sentirse bien, oran por ellos y los animan a lo largo del camino.

Esta es la última parada. Por once horas los misioneros vienen haciendo eso. Por once horas oyeron y vieron historias conmovedoras una tras otra. El muchacho de dieciséis años que salió solo de casa para encontrar trabajo para mandar dinero de vuelta a seis hermanos más jóvenes, para que puedan comer. El hombre mayor que trabajó en la tierra toda su vida. Él dice, no hay semillas ahora. No hay trabajo. Él espera que alguien le deje trabajar en sus tierras y le dé lo suficiente para comer. La mujer en su cuarto mes de gestación, cuya intención de salir del país es que ella y su bebé vivan. Las adolescentes caminando por el paso de la montaña de 3 mil metros con bermudas, sandalias y blusas de verano. Ahora, volviendo a bajar la montaña, los misioneros están a 80 kilómetros de la frontera y esta es la última parada.

El grupo de hombres en la plaza se levanta cuando percibe que viene comida – ¡COMIDA! – se les ofrece. Comida… y chocolate caliente. Las dos mujeres reciben sus sándwiches y bebidas, chaquetas calientes y bufandas. Expresando agradecimiento, ellas rápidamente se retiran con la pequeña niña para su tienda de basura reconstruida. Los hombres se rehúsan a dejar que los misioneros se vayan. Ellos quedarán tan mojados bajo los dos árboles como de pie en medio de la plaza. Aquí hay gente con abrigos para ellos. Lo más importante, es que ellos los ven como seres humanos y que van donde ellos están. Los hombres se preguntan. “¿Será aún más frío más adelante?”, “¿Puede algún lugar ser más frío?” Todavía están a unos 2.300 metros de altura. Otros 700 metros de altitud para alcanzar el paso donde las temperaturas nocturnas varían de 3°C hasta bajo cero. Un consejo práctico del pastor local le dice: no vayan calientes y sudados a lo alto de las montañas, una manera segura de contraer bronquitis. Refrésquense primero. Un consejo de uno de los misioneros: Guarden la lámina de los sándwiches. Puede mantener sus manos calientes.

A pocos metros de distancia, la joven pareja está demasiado exhausta para dar un paso más. Ellos casi no tienen energía para extender la mano y tomar los sándwiches, una doble porción para su pequeña familia. Durante todo el día y por la noche, los misioneros guardaron cuidadosamente una manta de bebé, observando al niño que más lo necesitaba. Ahora la manta de crochet rosa envuelve a su pequeño niño. Es caliente, es bueno. El padre se sienta bajo el umbral de la puerta con su esposa e hijo, completamente incapaz de cuidar de ellos o proveer algo para ellos de alguna manera. Mientras él toma su primer sorbo de chocolate caliente, sus lágrimas empiezan a fluir por su rostro y no se detienen.

Fuente: IMB

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Martha Claros

Directora del Área de Comunicación - COMIBAM Internacional

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