Adorar, anunciar, cultivar – Negocios, Misión y El Mandato Cultural

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Por Decio de Carvalho

Como seguidores de Cristo, celebramos y reflexionamos cada año, en el período de la Pascua, sobre la vida, muerte y resurrección de Jesús. Durante la lectura del pasaje que narra la última cena de Jesús con sus discípulos, en el Evangelio de Juan, observé que sus palabras finales, justo antes de salir al Getsemaní y de contestar una pregunta de Pedro, se expresan como un mandamiento, y un nuevo mandamiento. Lo he leído muchísimas veces, pero me llamó la atención en esta ocasión.

Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. Juan 13:34 – 35

En mis reflexiones, me preguntaba cuál sería la razón para que Jesús les entregara ese mandamiento a esas alturas y en tal contexto. Pronto entendí que solo unas pocas horas más tarde, todos ellos estarían muy tristes, confundidos, asustados y escondidos. ¿Y qué ocurre cuando un equipo está bajo tal nivel de presión? Ellos comienzan a apuntar el dedo los unos a los otros. Por lo tanto, tiene total sentido que Jesús les dijera “ámense unos a otros tal como yo los he amado”. Mucho podríamos pensar sobre ese “tal como yo los he amado”, pero eso requiere toda una otra reflexión.

El mundo está confrontando una inmensa crisis. Creo que, de una u otra forma, toda la humanidad ha sido impactada por la pandemia del Covid. Es un tiempo de mucha tristeza, confusión y temor en todo el mundo, incluyendo entre los seguidores de Jesús de nuestro tiempo. Por lo tanto, amar los unos a los otros es un llamado perfecto para todos nosotros hoy.

Al comienzo de este tiempo de desafíos para todo el mundo, al observar el rápido avance de la pandemia y su impacto en tantas vidas y comunidades, habiendo visto documentales sobre pasados eventos de tal naturaleza y las serias crisis que resultaron, empecé a percibir que estábamos ante un enorme impacto y una situación sumamente difícil para todos, pero aún más dramático sobre aquellos con limitados recursos económicos. La necesidad para el desarrollo de nuevos modelos de fortalecimiento económico se ampliaría, y se convertiría en una gran oportunidad para el trabajo misionero.

En su diseño y creación, nuestro Dios nos creó en amor, para amar y para ser amados. Nos entregó un mandato que proveía para la realización de Su propósito, el cual, si se cumpliera, concedería a toda la humanidad una vida llena de propósito, salud y gozo. Se conoce como el mandato cultural.

Dios los bendijo y les dijo: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra; sojúzguenla y tengan dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se desplazan sobre la tierra”. Genesis 1:28

Veamos lo que nos dice Dios en este Su primer mandato.

  1. Somos responsables por desarrollar el potencial latente en la creación. Eso se aclara y confirma en el siguiente capítulo, Génesis 2 versículo 15 – “Tomó, pues, el SEÑOR Dios al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo guardara.”
  2. Fue dado a toda la humanidad. En Génesis 1, Adán y Eva lo reciben, representando a toda su descendencia. Noé lo vuelve a recibir, en Génesis 9:1, representando a toda la humanidad. Dios lo hizo a su propia imagen, y le ordenó llenar la tierra de Su gloria por medio de su descendencia y de buen cuidado y desarrollo de toda la creación.
  3. Solo los que tienen una relación real con Dios y lo conocen, que están dispuestos a aceptar el diseño de Dios para la humanidad, serán capaces de llevar adelante Su voluntad y hacer posible que la Su gloria se haga presente en toda la tierra, según lo expresado en el mandato cultural. Obviamente aquellos que no Lo conocen y obedecen no están interesados en tal propósito.

Debemos hacernos una pregunta: ¿Cómo nos va en todo eso hasta la fecha?

Dios creó todas las cosas, ¡y las hizo todas buenas! Esto incluye a toda la humanidad. Justamente al examinar nuestro mundo y su estado, nos damos cuenta de lo mal que nos va en llenar la tierra de la imagen de Dios, de Su amor, de Su belleza, Su majestad, Su santidad, del cuidado a esa creación, de lo lejos que estamos de haber cumplido con Su mandado en relación con todos los recursos preciosos y la vida valiosa que nos entregó. Nos hace incluso preguntarnos si seremos realmente capaces de cumplir con tal tarea. Pero a Dios le pareció que sí. Él no cometió un error, ¿verdad?

En este punto quiero insertar un aspecto muy importante del diseño de Dios para la humanidad. Se trata del aspecto comunitario.

Este mandato no está desalineado del nuevo mandamiento. Al contrario, está en sintonía y se unen para formar una poderosa base para la vida bajo la autoridad y la gracia de Dios. Al llamarnos a administrar Su creación, Dios nos ubica en relaciones, en comunidades, en las cuales debemos conectarnos unos con otros para cuidarnos y para juntos cuidar nuestros alrededores. Dios nos hizo seres comunitarios o sociales, que se relacionan con Él mismo, con nosotros mismos, los unos con los otros y con los espacios y seres con los cuales compartimos la vida. Es en esa relación hacia arriba, con Dios y en las relaciones con nosotros mismos, los unos con los otros y con toda la creación que podemos cumplir el mandato de cuidarla bien y llenarla de la presencia y la majestad de Dios.

Dos poderosas acciones, tres potentes resultados

En el mandato cultural, encontramos dos acciones enormes que Dios nos instruye y capacita a realizar.

Primero, sed fructíferos, multiplíquense y llenen la tierra. Cuando llenas algo, no quedan espacios vacíos, no hay insuficiencia ni escasez. Dios nos hizo según Su imagen, así que el cumplimiento de esta instrucción implica que la tierra sería llena de Él mismo, representado en una sana humanidad. ¿Puedes imaginarte el mundo lleno de la presencia de Dios, gente que vive según Su deseo y diseño? Allí cada persona tendría claro su propósito y potencial, así como el del otro y de todos los recursos que fueron creados para ser bien cuidados, disfrutados y administrados, como si lo fueran por Dios mismo, para nuestro bien y el del otro, y para Su gloria.

La segunda acción es dominar. La palabra utilizada en el texto es kabash. No tiene el significado de imponerse a la fuerza. Más bien significa administrar con gentileza. Una finca bien administrada, donde personas, animales y plantas viven en harmonía, produciendo lo mejor y en abundancia. Una fábrica, una comunidad, un centro educacional, todos gentilmente administrados, tal y como Dios lo haría, para nuestro bien, para el bien de otros y para la gloria de Dios.

Eso es lo que significa el mandato cultural. Una cultura según el plan de Dios para Su creación. Un mundo según la imagen de Dios, un mundo lleno de la presencia de Dios.

William Edgar, en un artículo titulado El Mandato de la Creación, aclarando el nombre “mandato cultural”, comenta que hay tres aspectos muy relevantes en la palabra cultura, que es adoptada del francés “culture”. El primer aspecto está en la primera parte de la palabra cult, o culto, que se refiere a adoración. El segundo aspecto es la diseminación, ya que una cultura se disemina. Finalmente, la palabra tiene una relación con el cultivo porque se refiere al corte, o el trabajo que realiza el arado al preparar la tierra.

Sus comentarios nos ayudan a pensar en estas tres palabras: adorar, anunciar, cultivar. Tres potentes resultados que surgen de las dos poderosas acciones para las cuales Dios nos ha capacitado y nos instruye a realizar: llenar y dominar.

Conectarnos con Dios, para conocerlo a Él mismo y a Su plan y voluntad. Conectarnos con nosotros mismos y nuestra identidad, propósito y dones, de manera que seamos aptos para llevar la imagen de Dios al mundo, y conectarnos con otros para que también sean suplidos de todo lo bueno y sean productivos, juntos, como buenos administradores de toda la creación, según el deseo de Dios, para nuestro bien, para el bien de los demás y para la gloria de Dios.

¡Ciertamente no es una tarea fácil! Pero no solo no es fácil, sino que también la debemos cumplir juntos, no solos, porque no podemos realizarla solos. Somos creados para la vida en comunidad. ¡Eso es imposible! Bueno, ¿no piensa usted que fue precisamente por eso que Jesús les habló de aquel nuevo mandamiento justo antes de salir del aposento alto hacia la cruz?

Junto con un hermano de otro país, tuve la oportunidad para desarrollar un pequeño negocio en el campo. Fue toda una experiencia, con muchos desafíos y mucho para aprender, todo eso mucho antes de que se empezara a utilizar el término BAM (Business as Mission). Con ese trasfondo, y observando los cambios en el escenario sociopolítico y geopolítico en el mundo, planteo que estamos frente a un tiempo de amplia necesidad de desarrollo económico y empresarial. Personalmente estoy comprometido con esa visión y objetivo.

Les comparto una breve historia. Hace algunos años, participé en un evento en Asia Central. Entre los presentes, estaba una mujer Latina, y me interesó conocer cómo había llegado allí y el trabajo que desarrollaba. Me contó que ella era terapista del habla y su esposo administrador hospitalario. Se sintieron llamados a servir en aquella región, y deseaban usar sus dones y profesiones. Desarrollaron un plan para establecer una pequeña clínica y ofrecer algunos servicios médicos, empezando por las terapias del habla. Al llegar al país, encontraron que ya existía allí una clínica, con varios servicios, establecida años antes por otros obreros. Ellos decidieron unirse al esfuerzo ya existente y no empezar el suyo por su lado. Lo que nadie sabía era que, en un corto período de tiempo, todos los obreros que habían empezado el proyecto serían expulsados del país y tendrían que salir en unas pocas horas. Bien, ellos sabían que Dios no se había sorprendido por aquella situación, y en realidad ya les había proveído gente para continuar con el trabajo de la clínica. Eran aquellos latinos recién llegados junto con personal local que había sido entrenado y añadido al equipo. Escuché también de uno de ellos, personalmente, palabras de mucha gratitud por el trabajo de todos los obreros. Los que empezaron aquel proyecto, y los nuevos obreros latinos habían estado bien conectados con Dios y le obedecieron para entender Sus planes. También se conectaron los unos con los otros para decidir servir juntos. Finalmente, también pudieron identificar necesidades y oportunidades para ofrecer apoyo y oportunidades de desarrollo en aquella comunidad.

Pienso que es necesario que nos hagamos algunas preguntas.

¿Qué implicaciones tiene eso para mí y para ti? ¿Cómo nos va en cumplir con el Mandato Cultural? ¿Nos atrevemos a soñar que podemos honrar a Dios, siendo buenos mayordomos de nuestras relaciones, nuestros recursos y nuestros dones? ¿Cómo lo hacemos, juntos?

 

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Decio de Carvalho

Decio nació en Brasil. Es graduado en Teología. Sus padres, Wilson y Francisca, sirvieron en la Iglesia Metodista toda su vida. En 1979 Decio inició su servicio con el barco Doulos, de Operación Movilización. Luego, fue director de OM en Brasil por diez años. En 1994, con Elba, su esposa, y dos hijos, se trasladó a Asia Central, donde sirvió por siete años. El 2001 la familia se mudó a Puerto Rico. Decio sirvió como director de la Red de Cooperación Misionera de Puerto Rico. El 2009 fue nombrado Director Ejecutivo de COMIBAM.

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