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Como lo hicieran hace miles de años atrás Abraham, Isaac y Jacob, los pueblos nómades del presente constituyen una comunidad que basa su economía en sus rebaños de ovejas o camellos, con los cuales deambulan incansablemente por los desiertos. Establecer una iglesia entre ellos requerirá de modelos y formas de trabajar distintas de las que solemos emplear en nuestra sociedad urbana occidental. ¡Pero ellos también tienen derecho a contar con una iglesia cristiana adecuada a su cultura!
Si miramos cuidadosamente hacia el mundo de los pueblos no alcanzados, encontraremos que existen ciertos segmentos o grupos sociales que se muestran aparentemente inaccesibles. Nuestra primera reacción es la de asumir que son resistentes al evangelio, o considerar a su cultura como hostil a la proclamación del evangelio. El hecho es que en realidad puede ser nuestra proclamación la que resulte hostil hacia su cultura, o dicho más cortésmente, la manera de compartir nuestro mensaje puede no ser apropiada, y además, inefectiva.
Los pueblos nómades pastoriles son uno de los tipos de sociedad más auténticos y antiguos sobre la faz de la tierra. Han establecido tal relación de dependencia con sus animales domésticos que su identidad propia es inseparable de su rebaño (mulas, camellos, cabras, ovejas, llamas, yacs o renos). La relación pastor-rebaño, no es exactamente de dependencia económica, ni tampoco una simple manera de obtener su provisión alimenticia: es una profunda necesidad sicológica y sociológica.
La mayoría de nosotros está familiarizada con imágenes e información sobre algunos de los pintorescos habitantes del desierto, como los tuaregs del Sahara o los beduinos de Medio Oriente. Pero muy pocos han escuchado acerca de los fulas (pueblo constituido por más de 10 millones de personas) que viajan en grupos de cientos de miles con sus vastos rebaños de color uniforme, desde el este de Africa hasta los límites de Etiopía. Existen cientos de grupos más pequeños de pastores o pueblos seminómades que cubren aproximadamente una décima parte del planeta, no solamente en Africa, sino también en Sudamérica, y la mayoría de ellos en Asia Central.
Su identidad real con respecto al modo de alimentación, el statu quo, el matrimonio, los funerales y todas las demás prácticas culturales descansan en sus rebaños. Sus valores esenciales están tan firmemente orientados hacia sus animales que en tiempos de sequía, guerras intertribales, o aun disturbios políticos, usualmente sobreviven mediante la simple emigración con sus pertenencias. Es su fundamental orientación hacia la movilidad y su disposición para cambiar de residencia cuando sea necesario, lo que hace a los pastores nómades esencialmente diferentes de los demás pueblos.
Esta movilidad también los convierte en un desafío único para los misioneros cristianos. Una iglesia plantada entre ellos deberá tomar una forma muy diferente de los modelos que conocemos. Como dijo un viejo pastor de camellos somalí: "Cuando tú puedas colocar a tu iglesia sobre el lomo de un camello, entonces creeré que el cristianismo es también para nosotros." Hasta que podamos mostrar a este hombre que la fe cristiana no tiene nada que ver con los edificios, las estructuras organizativas o una vestimenta especial, no podremos afirmar honestamente que él haya tenido una apropiada oportunidad de escuchar y ver el evangelio.
El problema está en nuestro concepto y modo de transmitir lo que es la iglesia cristiana. Obviamente, Dios no tiene ninguna dificultad para comunicarse con los pueblos nómades: el primer pueblo que él eligió para que fuera especialmente suyo, el pueblo de Abraham, Isaac, Jacob y sus descendientes, era precisamente un pueblo de pastores nómades. Y hoy este grupo es uno de los mayores sectores no alcanzados de la tierra, y uno de los bloques socioeconómicos más importantes y homogéneos, que totalizan una cifra que oscila entre 100 y 200 millones de personas.
Los pueblos nómades han sido con frecuencia clasificados como típicamente musulmanes, y además, considerados como inaccesibles. En realidad, ellos afirman que son musulmanes, pero están volcados en su mayoría a prácticas budistas y animistas. Para ser musulmán, todo lo que se necesita es una esterilla para orar, pero para ser cristiano uno debe establecerse en un lugar fijo (por lo menos, esta es la opinión de los nómades). En la práctica, intentar evangelizar a los nómades pastoriles por medio de cristianos provenientes de culturas sedentarias ha sido en gran manera contraproducente.
Un ministerio efectivo hacia estos pueblos requiere de estrategias misioneras no solamente específicas y creativas, sino también una capacitación más amplia y especializada. Esta preparación debe combinar habilidades técnicas y conocimientos antropológicos que no se encuentran usualmente en los cursos bíblicos tradicionales ni en los programas de capacitación de los seminarios. Probablemente, más que ninguna otra cosa, esto debiera llevarnos a asumir un compromiso de trabajo a largo plazo y a un espíritu de sacrificio pasado de moda, no muy populares en el cristianismo contemporáneo.
Adaptado de: Malcolm Hunter en "Target Earth", Frank Kaleb Jansen, EE.UU., 1989.
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