Iglesias
Fuertes, Pastores con Visión
La primera cosa que se debe aclarar es que significa
una iglesia fuerte, pareciera que la tendencia tradicional en América Latina es
a pensar que las iglesias fuertes, son las iglesias numerosas, eso es lo primero
que viene a la mente y, a juzgar por lo que vemos a nuestro alrededor, pareciera
que estamos de acuerdo. Casi sin
excepción, en este momento, en el “ranking” de las mejores iglesias siempre
aparecen las que han tenido mas éxito en el crecimiento.
Sus pastores son los que sin duda aparecerán predicando en los grandes
congresos, en los best sellers evangélicos y en los foros de televisión.
Son ellos los que acuñan las tendencias o... ¿será que las tendencias
los acuñan a ellos?, no sé que será en realidad, pero allí están, siendo
considerados muchas veces como la voz evangélica de sus países.
Otra manera popular de contar la fortaleza de la
iglesia es por los diferentes servicios que ofrece. En este momento, sin duda, una iglesia con canal de televisión
siempre será considerada una iglesia fuerte, de éxito, si tiene también una
estación de radio pues lo será aún más.
Si solo tiene radio estación pues no lo será tanto.
La
iglesia que marque una tendencia en algún tema evangélico, es sin duda una
iglesia fuerte, hemos visto casos como este, sin duda que estas son lanzadas al
estrellato con algo que comience a funcionar dentro de ella, el modelo X, la
iglesia tipo Y, etcétera.
¿Que
es lo que hace, en realidad una iglesia fuerte, el hermano Emilio Antonio Núñez,
escribe lo siguiente acerca de la iglesia:
«Para cumplir con su misión, la iglesia ha de vivir el evangelio en el
poder del Espíritu Santo. El mundo debe escuchar el evangelio pero también lo
ha de ver en acción en las vidas de aquellos que profesan ser cristianos. La
iglesia es llamada a ser la comunidad en la cual las señales del reino de Dios
están presentes: amor, gozo, paz, justicia y el poder en el Espíritu Santo».
Parece que debido al crecimiento de la iglesia
cristiana, de pronto los evangélicos comenzamos a vivir en un clima en el que
ya no es difícil profesar nuestra fe, en el que paulatinamente el cristianismo
se vuelve más y más popular hasta, en algunos casos -como en ciertos países
de Latinoamérica- el ser
cristiano abre oportunidades de trabajo, de influencia social y de participación
en el gobierno, esto ha provocado que la iglesia cristiana haya perdido el
concepto de integridad y de transformación social a la que fue llamada, y el
deber de que el llamado a ser la sal de la tierra, siga vigente.
La iglesia en América latina se encuentra
enfrentando uno de sus momentos complicados, en el cual parece que cada día es
más difícil distinguir entre quién es cristiano y quién no lo es. La
contemporización con los valores éticos del mundo se vuelve más y más común,
en maneras más y más alarmantes.
Al
examinar el texto bíblico y particularmente las palabras de Jesucristo
respecto a las misiones mundiales, no podemos dejar de entender que el
desafío del Señor para la iglesia era un llamado al compromiso con la
integridad, no con un poder cultural. Causa sorpresa leer cien años después el
reporte de Andrew Murray sobre la Convención Misionera Mundial de 1900 en Nueva
York, que reunió a los gigantes de la iglesia en aquel tiempo bajo el lema:
«¿Cómo podrá despertarse la iglesia a fin de conocer y hacer la voluntad del
Señor para la salvación de los hombres?» Las conclusiones a las que arribaron
hace cien años no cambian mucho con respecto a las que llegaríamos si este año
celebrásemos una consulta con los mismos planteamientos:
"La
gran mayoría de los miembros de la iglesia no son lo que deberían ser, no
desean realmente hacer que el conocimiento de Cristo llegue a toda criatura tan
rápidamente como sea posible".
Al
indagar más profundamente las razones, sus respuestas fueron igualmente
sorprendentes: "El bajo estado espiritual de la iglesia en
conjunto", cuyos síntomas principales fueron: "la mundanalidad
y la falta de oración."
El
llamamiento del Señor Jesucristo, al abrir a los gentiles una oportunidad de
ser parte de su reino, fue claro y directo. En Mateo 16:18-20 podemos ver cómo
llama a la humanidad a entrar en su iglesia y cómo se compromete personalmente
con el establecimiento de ella para
construirla, edificarla y hacerla un organismo victorioso. Sin embargo, el
llamado no queda allí, sino que invita a la cristiandad encarnada en el apóstol
Pedro a que las puertas de la iglesia sean abiertas delante de todos.
Le invita a trabajar para
que no haya nadie que quede atado cuando pueda ser desatado, que no haya ninguno
que muera sin esperanza cuando el mensaje de esperanza está en labios de muchos
cristianos alrededor del mundo.
En
la continuación de ese pasaje, en Mateo 16:24, nos damos cuenta de cual es el
elemento necesario para que estas dos cosas sucedan: el llamado a cada uno es a
una conversión personal para ser parte de la iglesia y a
una transformación que comienza con el negarnos a nosotros mismos,
continua con el morir paulatinamente al yo e imitar a Cristo. Esa transformación
nos demanda sufrir con gozo la pérdida de las cosas del mundo, negar la
mundanalidad, cuestionar el conformismo y la contemporización y rechazar las
posesiones del mundo por amor a Cristo. Esto implica exhibir sus marcas y vivir
bajo sus estándares aun a costa de la burla y la pérdida de la propia vida. Es
también una transformación que da como resultado la obediencia.
Como
vemos sistemáticamente en el evangelio según San Mateo, cada vez que Jesús
enseñaba hacía una apelación a la obediencia. Vea detenidamente cómo el
sacrificio de Cristo abre las puertas para que toda la humanidad pueda entrar, y
establece un cuerpo que se ocupa de poner el evangelio al alcance de todos,
pero, veamos también como pone como requisito una transformación constante de
los que son miembros de la iglesia.
Por
muchos años hemos intentado abrir los ojos de la iglesia hacia las misiones
mundiales presentando la necesidad de los perdidos tan real como fuese posible,
presentamos laminas con las estadísticas más recientes y alarmantes, mostramos
fotografías que muestran los rostros de desesperanza de la gente y hacemos
comparaciones numéricas en cuanto a cuantos mueren sin tener a Jesucristo cada
hora, cada minuto, cada segundo. Sin
embargo, si vemos detenidamente, las misiones son en esencia un llamado a la
obediencia a Cristo. Una
obediencia, no solamente a la Gran Comisión, sino a la transformación
personal. Son un llamado para que los miembros de la iglesia que Él edificó
sean luz, ejemplos de vidas transformadas que cuestionan las costumbres y
valores del mundo y señalan a Cristo como la única esperanza.
¿Cuál
es la contribución de la visión misionera para esta transformación de los
miembros de la iglesia? Siempre decimos que son los mejores los que salen a la
obra. Pero, hoy quiero cuestionar eso, porque el punto más importante es que ¡nunca
habrá mejores en la iglesia... a menos que abramos nuestros ojos a la visión
misionera!.
Personalmente,
creo estar viviendo en mi propia mente el cambio de paradigma de ver la
necesidad del mundo, ya no como lo que motive a la iglesia a pagar cualquier
costo para alcanzar a los que se mueren sin Cristo, sino como la única razón
relevante para la permanencia de la iglesia sobre la faz de la tierra.
La
visión misionera tiene una perspectiva doble: una vertical que nos permite ver
a Dios en su santidad y transformarnos día a día, y la otra, es una
perspectiva perpendicular que nos permite demostrar a la humanidad nuestro amor
por Jesucristo en obras de amor hacia los otros y enseñar los cambios profundos
que Él ha hecho en nuestra propia vida.
Para
la iglesia en Latinoamérica, esta visión implica un proceso de purificación
de nuestras congregaciones, para que al mirar hacia la realidad del mundo veamos
con más claridad la misericordia de Dios para alcanzarnos. Para que al gustar
de esa misericordia encaminásemos nuestras propias vidas, como individuos y
como iglesia, hacia una transformación, no ya a estar persiguiendo números,
edificios, recursos e influencias sino a la búsqueda de oportunidades de
exportar a otras naciones la integridad de la vida cristiana.
Las
misiones no sólo requieren los mejores de las iglesias, sino también las
mejores iglesias. No de iglesias dispuestas solamente a dar unos cuantos dólares
para apoyar a los misioneros, sino a luchar cada día para que más de sus
miembros tengan la misma visión que Jesucristo tuvo del mundo: un lugar que no
era su hogar pero le brindaba la oportunidad de cumplir el plan de Dios en su
propia vida.
Cuando
reflexionamos así, podemos ver que la iglesia evangélica en Iberoamérica, más
que moverse a ser una fuerza misionera, tiene la oportunidad de transformarse
para contribuir a la transformación del mundo. Estamos aprendiendo que el
alcance de los pueblos no alcanzados no debe ser el simple resultado de una
iglesia obediente sino aún más: las tremendas exigencias de presentar el
evangelio en esos lugares sumidos en la oscuridad, deben dar como resultado una
autoevaluación de lo que somos como iglesia; si estamos listos para ser
probados en una cultura adversa y si los cristianos que producimos son maduros,
capaces de enfrentar tan grandes desafíos.
Las
iglesias con visión misionera ven el alcance de los no alcanzados ya no como
las migajas que caen de la mesa de los hijos, sino como la mejor oportunidad
para producir cristianos más obedientes y dispuestos a seguir
incondicionalmente a Cristo adonde Él los mande a vivir un evangelio acultural,
que puede implantarse y mantenerse integral en cualquier cultura.
Iberoamérica
tiene la oportunidad de continuar avanzando hacia la meta de ser una fuerza
misionera, no para tener un nuevo motivo de orgullo, sino para una evaluación
constante que dé como resultado el fuerte compromiso de transformarse y
contribuir a la transformación del mundo.
Esta es una iglesia misionera. ¡Esta es una iglesia fuerte!
Hablar
del papel del pastor en la obra misionera, en Iberoamérica, es hablar de la clave o el clavo para producir una iglesia
fuerte, como dice un querido pastor en Latinoamérica, “los pastores
son la llave, pueden abrir o pueden cerrar la puerta para las misiones
transculturales en la iglesia”.
En la experiencia que he vivido al visitar tantos países, iglesias y
pastores, puedo confirmar esto con toda certeza. Cuando decimos que las misiones están fuertemente basadas en
la iglesia local, lo que decimos, en realidad,
es que, el pastor, es la clave del avivamiento misionero.
Hay
un pasaje en las escrituras, que está cargado de emoción, sucede en un momento
similar, quizá con otro tipo de actividad pero, al fin y al cabo, era la obra
de Dios. Este es también un pasaje
de transición, es la transmisión de mando, de parte del rey David, para su
hijo Salomón. Es un pasaje en la
vida de David, el antes pastor de ovejas y ahora el pastor de Israel, se
encuentra al final de su vida.
David
se encuentra en una posición muy privilegiada, conoce el pasado y sabe ya de la
inminencia de su muerte, pero también conoce que hay cosas por hacer que deben
de terminarse. Conoce ahora que hay
una tarea por cumplir y que debe de entregar bien esa encomienda.
El pasaje se encuentra en el 2º. Libro de Crónicas 28:2-20.
Este libro como saben, se ha llamado, "El libro de las cosas que
faltaron en el libro de los Reyes" aquí se amplía el relato de esa
transición de esta "obra de Dios" de manos de David a su hijo Salomón,
quien debería de tomar ahora la estafeta, el batón o este instrumento en sus
manos.
David
tenía el propósito de edificar el templo a Jehová, un propósito tan fuerte
que ya había preparado todo lo que se necesitaba para terminar la casa de Dios,
sin embargo, Dios no le permitió cumplir este propósito, no fue un castigo a
mi manera de ver, sino una clarificación de roles de parte de Dios, David había
sido llamado para ser un hombre de guerra y lo hizo bien, había empuñado su
espada y se había llenado las manos de sangre.
Pero
como Dios le había elegido para que perpetuamente fuera Rey de Israel, entonces
Dios escogió a su hijo Salomón para que edificara el templo y terminara esta
labor que David tenía en su corazón. Sin
embargo, Dios siempre aprovecha para enseñarnos una lección y aquí en este
texto no es la excepción, Dios
condiciona la confirmación del reino de Salomón y la permanencia del pueblo en
la tierra a la obediencia a sus mandatos. Si
lo vemos detenidamente, Dios levanta una voz profética de parte de David quien
habla a su pueblo en cuanto a la necesidad de ser obedientes, pero, también,
David le da a su hijo Salomón las 3 mejores recomendaciones que un padre puede
dar a su hijo
En
este pasaje, también vemos que David da a Salomón los recursos necesarios para
que pueda cumplir con su obra, le dio los planos, los hombres y los materiales
necesarios, suficientes para terminar toda la obra. En este proceso de transición de bienes,
David reconoce que todo lo que ahora entrega, lo ha recibido de parte de
Dios.
David
exhorta a su hijo Salomón a la Acción usa tres expresiones, casualmente, las
mismas que están sirviendo de marco para esta asamblea.
Le dice: Anímate:
una invitación a considerar
todo lo que Jehová ha hecho en preparación para esto, antes aun que el lo
supiera, antes de ser escogido como rey y a tomar ánimo en eso.
Le dice: Esfuérzate: que le
invita a considerar que la tarea que tiene por delante es grande y requiere un
compromiso inquebrantable, aún incluye el sufrimiento.
Le dice: Manos a la obra:
Le invita a la acción, a una acción decidida y continuada que solo
termine cuando la obra se halla terminado
David
termina con una nota de ánimo que debe guardar para momentos críticos, es un
ábrase en caso de necesidad. No temas ni desmayes: Le dice, mientras le anima a iniciar la obra y
a mantenerse con firmeza en toda ella, y le da dos razones para que el pueda
recordar en los momentos en los cuales venga el desánimo:
Jehová estará contigo:
Dios no le dejará ni le
desamparará
El pueblo estará contigo: Lo
acompañará a través de toda la obra.
¿Qué
lección aprendemos de este pasaje para este momento?
¿cuál es el papel del pastor cuando conocer una tarea y sabe que hay
que hacerla? ¿qué nos muestra
este pasaje que debemos hacer para ser pastores con visión? Yo creo que podemos aprender aquí algunas de las cosas que
distinguen a un pastor con visión que produce iglesias fuertes:
1.
El pastor enseña a sus miembros a
conocer la voluntad de Dios:
Un pastor con visión es aquel que le enseña a sus miembros como
conocer su parte en la voluntad de Dios. Me
pone a pensar que ésta es una de las diferencias entre la iglesia y una secta,
porque en una secta, es el líder de ella quien tiene el plan y quien designa lo
que cada uno de ellos debe hacer, que acumula en si mismo la capacidad de ir
dosificando para sus seguidores su “revelación” de lo que deben hacer.
En la iglesia no será así, porque Dios tiene un plan de redención para el mundo; dentro de ese plan Dios
también tiene un plan para cada iglesia y, dentro de ese plan, Dios tiene un
propósito para cada miembro y su familia.
El pastor que tiene visión se asegura que cada uno de sus miembros tiene
las herramientas necesarias para conocer la voluntad de Dios para su propia
vida.
2. El pastor enseña a sus miembros la forma de cumplir su ministerio:
La triple recomendación que David da a Salomón,
sigue siendo pertinente para nosotros el día de hoy, y en especial, la
recomendación más importante que un pastor puede dar a sus miembros un llamado
a la obediencia, a la incondicionalidad con los planes del padre.
Una determinación a hacer lo que Dios le ha mandado a hacer, no importa
lo que esto demande o requiera, sea esto, aún, quedarse en su propia tierra.
La incondicionalidad es un requisito para cada uno de los que quieren
salir al campo misionero.
El segundo requisito, es la obediencia, si Dios nos llama, debemos de ir,
no cuestionar lo que nos está pidiendo, no estar reclamando el plan completo,
por eso comienza con las palabras “reconoce al Dios de tus padres” porque
eso permite que vayamos, como miembros de la iglesia, desarrollando un sentido
de sensibilidad con el carácter del padre que nos permita reconocer la voz de
Dios en el llamado, de tal forma que lo único que podamos hacer, sea obedecer.
El
tercer requisito es ponerse a trabajar, nos invita a poner por obra lo que
podemos hacer ahora con lo que conocemos del llamado de Dios, en vez de
paralizarnos hasta que tengamos el llamado completo.
Cuantas veces he encontrado con tristeza miembros de la iglesia que el
llamado misionero es una excusa para no trabajar, pareciera que cuando no
pasamos este proceso, comenzamos a formar “vacas sagradas” en vez de
candidatos a misioneros.
El
pastor con visión, se asegura que todo miembro de su iglesia conozca los
recursos de Dios para cumplir con su tarea. El pastor con visión, muestra en su
propia vida el uso digno de los recursos de Dios y reconoce públicamente, tanto
como en privado, que ha recibido de Dios lo que tiene, en vez de imitar a
Nabucodonosor y pararse en la puerta de la oficina pastoral y decir:
“ ¿no es está la gran iglesia que yo edifiqué con la fuerza de mi
poder y para gloria de mi majestad?” El pastor con visión recuerda que es su
obra la que hará y que la provisión, es suya así que debe animar a sus
miembros a trabajar y no dudar de Su provisión.
El pastor con visión, es como un capitán de navío,
luego de haber consultado su mapa (la Palabra de Dios), de haber consultado los
datos del satélite (la oración) y
de haber hecho un plan de viaje, solo le queda dar la orden para actuar. No
hacerlo es cobardía, como un barco en el muelle, cuando ha llegado la hora de
zarpar hacia su destino, cada minuto cuenta, cada instante que se detiene en el
lugar de embarque con la excusa de prepararse mejor, de llevar mejores
provisiones de que aún puede llegar un pasajero de último minuto, es muy caro,
es mas caro que ponerse a caminar.
Esta es la combinación del pastor con visión en una iglesia fuerte, es
una iglesia que se mueve, pero no como el escarabajo con las patas para arriba,
el pastor con visión, encamina a los
miembros de su iglesia justo a la incondicionalidad, justo al punto en el cual,
cada uno de esto miembros, ya no tienen más alternativa que la de obedecer, la
de contribuir con su esfuerzo a que la iglesia cumpla con su misión de poner el
evangelio del reino de Dios, disponible para todos en todos los lugares.
Que Dios nos asista a que como COMIBAM, el movimiento misionero
iberoamericano, podamos contribuir decididamente a impactar con la visión a
pastores a lo largo y ancho de nuestros 25 países y que podamos ver surgir de
ellos iglesias fuertes con visión misionera, que ven el alcance de los no
alcanzados ya no como las migajas que caen de la mesa de los hijos, sino como la
mejor oportunidad para producir cristianos más obedientes y dispuestos a seguir
incondicionalmente a Cristo adonde Él los mande.
¡Amén!