Palabra y Espíritu

 

LA MISIÓN DE CRISTO

MODELO DEL PASADO, PRESENTE Y FUTURO

 

Por: Lic. Jesús Londoño T.

Director Ejecutivo

COMIBAM Internacional

 

Es interesante analizar que el concepto y la propuesta de “misión” de Dios al hombre ha venido navegando al filo de toda la historia de la raza humana.  La Biblia siendo una narración de índole histórica, aparte de los demás, no escapa a este sentir de convertirse en un manual exegético de dicha misión.  El Antiguo Testamento es un legado que se encuentra lleno de lo que hoy en día llamaríamos “bases bíblicas de la misión”.  Sin embargo, es mi deseo realizar un breve análisis al carácter misionero de Jesús como base para examinar los cambios sustanciales que necesitamos implementar en nuestra tarea misional a la luz de los gigantes cambios paradigmáticos que se están presentando en el mundo actual, o sea, nuestro campo de labor.

 

David Bosch apunta lo siguiente en esta dirección: “ El evangelista Mateo selecciona, con base a la tradición de Jesús, historias y dichos relacionados con acciones (especialmente los “hechos del Cristos”) con dar fruto, con hacer la voluntad de Dios, con guardar sus mandamientos, con ser perfectos y con practicar la justicia.  Todo ello apunta claramente hacia un entendimiento muy específico de la misión”; luego, su explicación se hace concluyente al decir: “La misión no se reduce a la actividad de convertir a individuos a nuevas criaturas, de proveerles una seguridad eterna, para que, venga lo que venga, sean “salvas eternamente” [1]

 

Es a partir de análisis como estos que es necesario avanzar en el peregrinaje de descubrir nuevas dimensiones en la revelación del “establecimiento del reino de Dios sobre la tierra”. ¿Qué significa entonces este establecimiento y cómo la misión está implicada en dicha actividad? ¿Qué es lo que hace que nosotros como miembros de ese reino seamos no solamente mensajeros sino también parte activa de la misión de Dios?.   Este es el viaje que les propongo para nuestro tiempo en la mañana,  donde intentaremos imbuirnos en los manantiales inagotables de la Escritura para tomar de allí las herramientas necesarias y suficientes que nos ayuden a evaluar y, al mismo tiempo, a proyectar nuestra tarea como movilizadores del proceso misionero en Iberoamérica.

 

La cruz punto de partida de la misión de Jesús

 

La obra de la redención humana fue iniciada desde antes de la fundación del mundo, pero consumada en el acto de la muerte de Cristo en la cruz del Calvario.  Toda la obra de Dios fue terminada en un madero.  El punto máximo de la tarea salvífica de Dios está en la cruz.  Sus palabras en Juan 19:30 lo muestran así: “consumado es”; “todo está cumplido”.  El plan que había estado marchando por varios miles de años no podía encontrar su culminación sino en la cruz.   Es decir,  que en el plan de Dios la cruz tiene un significado muy alto.

 

Así mismo, creo que la plenitud de la labor misionera también se encuentra escondido en la cruz.  La teología de la cruz es de vital trascendencia en nuestro trabajo misionero.  Cuando Cristo dijo a sus discípulos en Juan 20:21: “Como me envió el Padre así también yo os envío”, estaba hablando de manera literal acerca del modelo que Dios había escogido para llevar a cabo sus propósitos.  Ahora, miremos cómo fue enviado Cristo y cómo este modelo debe ser  reflejado en nuestro ministerio.

 

El texto de Filipenses 2: 5-11 realiza una descripción del modelo estipulado por Jesús. Tengan ustedes la misma manera de pensar que tuvo Cristo Jesús o como dice otro escritor: “tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo”, es la forma en como inicia la explicación de este estilo de vida y ministerio implementado por Cristo.  La actitud y la acción del Hijo de Dios se sostienen como un paradigma para los cristianos de todas las épocas y, lógicamente, para sus obreros o ministros.  La suprema grandeza de su sacrificio, que haya tomado forma de esclavo y obedecido hasta la muerte en una cruz se convierten en un modelo de vida y trabajo para nosotros.

 

En la escala de sufrimiento del Hijo de Dios la implicación de Kenosis  es clara: Él se vació a sí mismo de todo derecho y reclamo, literalmente se hizo nadie (los esclavos no tenían derechos). Sacrificó su posición celestial de gloria y se humilló única y exclusivamente por la humanidad sufriente.  Su acto fue completamente voluntario  y muestra una especie de escala o progresión desde lo más sublime hasta lo más  bajo encontrando el punto culminante en la cruz.   Todo lo contrario a los esquemas humanos que encuentran su  “cumbre” en los lugares altos, vistosos, sublimes, famosos, etc.

 

Al mismo tiempo, no podemos dejar de lado las consecuencias de su actitud y de su acción. Vemos la respuesta del Padre celestial a la actitud y a la acción de su Hijo que fue capaz de negarse a sí mismo para complacerlo en su demanda de justicia y obediencia.  Dios padre le otorga el lugar más prominente en la creación: lo ensalzó "supereminentemente”, según el griego.

 

En Filipenses 3:4-10, la cruz toma una connotación como estilo de vida según lo presentado por Pablo.  En él encontramos a un hombre que expresa frases como: “ya no vivo yo, es Cristo en mí”, no son frases religiosas llenas de un entusiasmo almático, sino más bien el resultado de un claro entendimiento del llamado de Cristo de no ser sólo espectadores o beneficiarios de su obra en la cruz, sino partícipes de la misma.  Bien escribió el mismo Pablo en esta epístola: “Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en  Él, sino también que padezcáis por Él”. 

 

Este viejo apóstol inicia una carrera con el mismo sentido de progresión expresado en los versículos anteriores sobre Cristo:

 

  1. Lo que Él es.  Su plusvalía, su “goodwill”.  Demuestra que su confianza tiene tres grandes razones:

a.       Su sangre judía pura.  Tribu de Benjamín (hijo de Raquel, no de la sierva)

b.       Su escrúpulo legal y su alta estima en el medio religioso (con respecto a la justicia ceremonial; alcanzando ante los ojos de los hombres la irreprochable perfección legal)

c.       Su celo por la ley.  Literal en griego: “hombre del octavo día”.

  1. Las cosas que tuvo que perder.  Recordando el pasado.
  2. Las cosas que tenía que estar dispuesto a perder en el presente.  La palabra “pérdida” es literal del griego: Skubalon que significa lo que se arroja a los perros, escoria, excremento, basura.  Una pérdida es algo que tiene valor, pero la basura se arroja como inútil y repugnante.
  3. Su meta (versículo 8) En el literal griego: “a causa de la excelencia, la supereminencia: superior a todo”.  El objetivo, según el versículo 10, es tener un “Ginosko” con Dios.  Ginosko: Conocimiento íntimo y profundo.  Se usa para referirse al matrimonio.  El conocimiento del que habla Pablo no es  aquel sutil y superficial hecho de haber escuchado de Él alguna vez, o pensar que la simple rutina religiosa nos hace conocedores de Dios.  Ginosko denota una relación íntima y personal, una comunión constante y estable, un compartir la vida, la esencia de lo que somos, un todo.

 

Esto plantea un problema especial en cuanto a nuestra forma de llevar a cabo la misión de Dios.  Debemos actuar de la misma manera que Cristo hubiera actuado.  La misión no se puede realizar de una manera diferente.  La teología de la cruz es vital en el trabajo misionero.  Nuestros derechos quedan relegados al sentimiento de gozo que produce cumplir la voluntad de Dios, tal como lo dice Hebreos 12:2: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”.

 

La óptica que nos puede llevar al verdadero cumplimiento de la obra misionera es la óptica de la cruz.   Sin la teología de la cruz no vamos a ser capaces de enfrentarnos al contexto que se presenta en nuestros días en los campos no alcanzados.  Recordemos la rudeza del contexto de los últimos tiempos expresado por Cristo en Mateo 24:5-14.

 

No podemos hacer misiones sin el sentir de Cristo, sin la mentalidad de Cristo.  Si Él estuvo dispuesto a perder su gloria eterna ¿qué tenemos nosotros que sea más valioso como para no perderlo? Y digo “perderlo” hablando humanamente porque en la perspectiva del reino de Dios será ganarlo.

 

Existe en Hebreos 11: 32-40 una lista de hombres y mujeres de los tiempos bíblicos que desarrollaron su misión a la manera de Cristo, pero también encontramos vestigios poderosos en las primeras épocas de la iglesia de esta vocación cristiana.  En los primeros 100 años de la era cristiana, se levantaron hombres  malvados como: Nerón, Trajano, Plinio, Decio, Diocleciano Galerio, etc.,  Emperadores de Roma, que iniciaron una encarnizada persecución contra los grandes héroes de la fe de aquel tiempo, como Ignacio (obispo de Antioquía), Policarpo (obispo de Esmirna), Germánico y otros.   ¿Por qué se inició esta persecución?  La fricción que se presentaba entre los cristianos y el paganismo romano podía caminar en el ámbito del sincretismo romano, pero el punto crítico llegó cuando los cristianos se negaron a adorar al Emperador.  A la fórmula Kyrios Kaisar (El emperador es el Señor) los creyentes respondían Kyrios Christos  (Cristo es el Señor). Esto era una alta traición, era pretender que un pobre carpintero, condenado a muerte por el representante imperial, era Señor aun del Emperador.

 

¿Cómo es nuestra vocación? ¿Cuál es nuestro llamamiento y cómo lo debemos desarrollar? ¿Qué lecciones objetivas podemos tomar de este modelo paradigmático de Jesús en el cumplimiento de su misión que pueden y deben ser implementadas en nuestra vida y misión contemporánea?

 

“La absoluta certeza acerca de un Dios que quiere traer la salvación a todo ser humano, hasta los confines de la tierra, y que me ha elegido como instrumento; esta certeza no es sólo información para ser archivada en la mente, sino que es un mandamiento que debe ser gozosamente obedecido” [2]

 

 

Su vida y testimonio como acciones misioneras

 

El contexto con el que nos enfrentamos hoy en misión, tanto ad intra como ad extra de las comunidades de fe establecidas hoy a lo largo y ancho de Latinoamérica, nos obliga a plantear la necesidad de un redescubrimiento de las obras y acciones concretas de Jesús, que de una u otra manera fueron registradas por los escritores de los evangelios tratando de describir un modelo a seguir en función de establecer el camino de la misión de Dios sobre la tierra.  Estas relevantes circunstancias convertidas en ejemplos hoy para nosotros no pueden quedar registradas como sencillas categorías filosóficas que le dan estructura al dogma de nuestros tiempos.  “Los evangelios son esencialmente un registro histórico, y que el retrato de Jesús que emerge de ellos provee una base adecuada para la vida y la misión de la iglesia hoy” [3] 

 

Esta falta de claridad en nuestras bases cristológicas, presupone la pérdida de equilibrio en poder captar la humanidad de Jesús como modelo de misión.  Cito aquí a Báez Camargo en su discurso de clausura en el congreso evangélico de la Habana en 1930:   “No al Cristo literario de Renán, no al Cristo socialista de Barbusse, no al Cristo nimio de las leyendas católicas, bellos Cristos a medias, sino al Cristo único, el de los evangelios, el Hijo de Dios, redentor del mundo, Espíritu Eterno cuya obra ayer hoy y por todos los siglos es la transformación de los corazones”.

 

La tarea a la que nos enfrentamos hoy día de ser movilizadores de un continente a la obra misionera no difiere mucho de la Jesús en sus tiempos.  Si pensamos detenidamente, la labor de Cristo sobre la tierra no fue la de concluir la misión en su sentido integral.  Mas bien, vemos a un Maestro impulsando a sus seguidores a llevar a buen término cada uno de los ejemplos de vida determinados por Él mismo.  La paráfrasis de la Gran Comisión en labios de San Agustín nos ayuda a entender este concepto: “vayan y hagan con otros lo que yo he hecho con ustedes”.  Este concepto de ver a un Jesús haciendo misión a través de impulsar a otros a realizarla nos anima en el camino que tenemos por delante.  Es aquí donde se hace relevante recordar el cuadro del Mesías en medio de su trabajo diario.  El diálogo de esta perspectiva es elocuente y desafiante.  Encontramos a un Jesús hablando con autoridad, pero con serenidad; lleno de amor, pero también de justicia; falto de estudios rabínicos avanzados, pero con una comunión con Dios diaria que le aseguraba autoridad con la Escritura. Amigo de publicanos y pecadores, hacedor de señales en medio del pueblo, amigo de pobres e ignorantes que rechazó la opresión y las riquezas fatuas y condenó siempre la religiosidad, los ritos, el puritanismo vacío, la idolatría en todos sus ámbitos y desenmascaró, vez tras vez, la falta de visión y conocimiento del reino de Dios.

 

“Un cierto número de figuras románticas que llevan cada una el nombre de Cristo y en las cuales se encarnan los ideales de varios grupos de admiradores han suplantado al Cristo verdadero.  En realidad, tanto el mundo anglosajón como el mundo hispano están abrumados por una necesidad común: “conocer” a Cristo, “conocerlo” para la vida y el pensamiento, “conocerlo” en Dios y a Dios en Él [4]

 

Veamos un ejemplo de su forma de vida que nos señala caminos a seguir en medio de las dificultades que se nos presentan en nuestra labor cotidiana. Los años oscuros de Jesús, como muchos autores han llamado al tiempo que transcurre entre sus 12 años y su bautismo, fueron años como lo describe F.B. Meyer [5]: “en los cuales tuvo que soportar sábado tras sábado las herejías enseñadas por los fariseos y los maestros de la ley”. Compartir con ellos y crear un testimonio limpio de su judaísmo lo ayudaron, posteriormente, en el desarrollo de su misión.  Su aprendizaje del propio pueblo escogido de Dios y su inmersión en la cultura le dieron toda la plataforma necesaria para confrontarlos con sus propias enseñanzas. 

 

En el libro de Lucas capítulo 4: 16 – 30 se encuentra un relato descriptivo de este estilo usado por Jesús para increpar al pueblo en el cumplimiento del plan de Dios.  El relato hecho por Lucas realza de buena y cuidadosa manera la forma en que Cristo vela de cada uno de los detalles descritos en la Ley y en las ordenanzas del culto para presentarse delante de la congregación en la sinagoga: “...entró en la sinagoga como era su costumbre, y se levanto a leer”; “Abrió el libro en el profeta Isaías, luego lo enrolló y lo dio al ministro”.  Todas estas cosas hacían parte de una cultura religiosa que, lógicamente, estaba vacía de los elementos importantes de la verdadera piedad requerida por Dios.  Sin embargo, estas formalidades no le impidieron desenfundar la verdadera espada de la verdad para confrontar al pueblo con su interés de vivir la voluntad de Dios.  Su exégesis sobre el texto de Isaías fue completamente aplicado a los gentiles.  Y no sólo gentiles, sino a los enemigos históricos del pueblo de Israel.  Pueblos que a los ojos judíos no eran dignos ni del más bajo desprecio ¡qué increíble postura encontramos en Cristo por medio de este pasaje! A la luz de nuestra reflexión misionológica nos damos cuenta que sin estar conscientes, muchas veces, estamos forjando una misión ad intra en nuestras iglesias e instituciones misioneras.  Esto se da porque es imposible hacer teología si esta no parte del camino de misión.  No es la cátedra bíblica la que moldea los parámetros de la misión.  Es la misión, la palabra vivida y sufrida, la práctica de la fe, la que nos obliga a reflexionar y evaluar nuestra teología.

 

 El desarrollo de la tarea de COMIBAM en estos últimos años ha incomodado a la iglesia en su parca reflexión teológica.  La inquietante molestia del deber de la misión que ha sido la bandera de este movimiento misionero iberoamericano ha sido objeto de crítica, pero al mismo tiempo de análisis por parte de varios sectores del cristianismo evangélico del continente.  Aquí esta la respuesta de por qué no podemos trabajar solos en el camino de la misión; de por qué no abandonar a la iglesia en su retórica, muchas veces añeja, y en la búsqueda insaciable (por parte de algunas) de doctrinas desconocidas que logren satisfacer su propio ego.  No podemos hacerlo porque la presuposición de misión establece sus bases en casa.  Porque el envío de misioneros a campos no alcanzados es sólo parte de todo un proceso misionológico que revitaliza las estructuras de la iglesia y la hace ser parte activa del reino de Dios.

 

 Nuestro trabajo de movilización con todos aquellos que nos rodean en el peregrinar cristiano es tan importante como la obra pionera que alcanza los lugares más recónditos de la tierra para añadir nuevas voces al coro celestial de Apocalipsis.  Este gran esfuerzo mancomunado está dando frutos como corresponde al llamado bíblico: en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra.  Ahora, no crean que estoy hablando de convertir la labor misionera en un trabajo interno de reestructuración o en un tratado teológico para resolver los agudos problemas de la iglesia contemporánea.  Estamos hablando más bien de la potenciación que tuvo la Gran Comisión en los tiempos de Jesús y que puede y debe suceder en nuestra Iberoamérica.  Necesitamos más misioneros saliendo a los campos mejor preparados y mejor sostenidos.  Necesitamos más involucrados en las iglesias con sus oraciones y sus finanzas para aquellos valientes que irán a tomar las líneas de vanguardia en el frente de batalla, necesitamos un ejercito de intercesores menoscabando las fuerzas del enemigo en los ámbitos espirituales, en fin, necesitamos seguir confrontando a la iglesia con el llamado de Jesús a la manera de Jesús.

 

 

Su ministerio como praxis misionera

 

El punto de partida en esta reflexión es un postulado que ha mantenido en alta expectativa a la iglesia y al creyente a lo largo de la historia.  La pregunta que ha rondado la cabeza de los más grandes eruditos bíblicos es: ¿por qué Dios diseñó y consumó un plan tan perfecto para la salvación de la humanidad y luego lo entregó en sus manos? ¿Cómo es posible pensar que tan excelso plan haya sido colocado luego en manos de la raza humana débil y pecadora? ¿No era un gran riesgo para completar el plan entregarlo en manos de hombres? Porque bien dice Pablo cuando argumenta: “Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”. (1 Cor. 1:21)

 

Es interesante analizar la forma en cómo Dios quiso en su excelsa soberanía compartir su plan salvífico con el hombre mismo.  Dios hizo al hombre no sólo objeto de su programa sino parte de él.  Acordémonos que la obra de salvación no es antropocéntrica sino Teocéntrica, no es el hombre el fin último sino la gloria de Dios. Es así, que el ministerio de Cristo como hombre toma suprema relevancia y nos conduce en una senda de enseñanza en cuanto a la misión.

 

Haciendo un recorrido somero por algunos aspectos del ministerio de Jesús nos encontraremos con valiosas enseñanzas acerca del trabajo que desarrollamos actualmente con el mismo propósito. 

 

En primer lugar, demos un vistazo al sitio de nacimiento del Mesías.  Las circunstancias que rodean este importante hecho no son cuestiones del azar ni mucho menos del destino; son parte integral del proceso que Él modeló en sus días sobre la tierra.  Nació en un pequeño pueblo de Judá llamado Belén, cuyo significado en Hebreo es “casa de Pan”, este lugar estaba rodeado de ciudades que tenían un renombre en medio del pueblo judío y que, de una u otra manera, lo hubieran ayudado a tener un poco de “historia” en su recorrido ministerial.  Vemos por ejemplo a Jerusalén, ciudad de los reyes de Israel, de donde siempre habían salido los líderes del pueblo ¿por qué no nacer allí?  O también en los alrededores estaba Hebrón, el hogar de los Patriarcas, la cuna de los más grandes y destacados padres del pueblo de Israel o ¿por qué no Gabaón?  Donde Josué hizo detener el sol, el ámbito de los milagros y señales, los recuerdos de los grandes hombres de “fe”.  Pero también tenía cerca a Soco, el lugar en donde David mató a Goliat, todo el espectro de lo que podríamos llamar guerra espiritual. ¿No es interesante que el Hijo de Dios no tomó el privilegio de nacer en ninguno de estos lugares y más bien decidió nacer en un lugar humilde y sencillo?

 

Además, revisando el aspecto sobre aquellos con quienes compartió su vida y mensaje encontramos nuevamente una enseñanza que parece escondida, pero que se repite tantas veces como queriendo decir, sin palabras, lo que parece ser obvio en el ejemplo a seguir de sus seguidores. Las primeras personas con las que compartió aun desde su nacimiento, tales como Simeón (Lucas 2:25) un hombre del “clero” de Israel, parte del sacerdocio y de la clase religiosa; Ana (Lucas 2:36-38) una anciana profetiza que hacia parte del pueblo consagrado de Dios que estaba esperando la redención de Israel; los pastores (Lucas 2:8-20) hombres humildes que trabajaban en el campo; hombres del común del pueblo que pudieron por gracia vislumbrar la gloria de Dios revelada en su Hijo unigénito.

 

Pudiéramos, al mismo tiempo, hacer un análisis cuidadoso sobre la conformación del grupo selecto de Jesús llamados los discípulos y nos daríamos cuenta que esta mezcla deliberada mantenía principios en cuanto al desarrollo de su tarea y la perspectiva de cómo se establecería el reino de Dios entre los hombres.  Igualmente, llegaríamos a entender si estudiáramos a profundidad el por qué de la distribución del tiempo en los lugares donde ministró.  Su ministerio duró 3 años y medio aproximadamente.  Esto  se puede corroborar al estudiar en los evangelios cuando se narran cuatro pascuas en este lapso de tiempo:

 

1.       Cuando limpió el templo (Juan 2:13)

2.       Cuando alimentó los cinco mil (Juan 6:4)

3.       En su visita a Jerusalén (Juan 5:1)

4.       Cuando fue crucificado (Lucas 22:15)

 

Su ministerio fue distribuido así:

 

·        En Judea 8 meses aproximadamente

·        En Galilea 2 años aproximadamente

·        En Perea y Judea 4 meses y más.

 

Al encontrar en este estudio que Cristo vigiló celosamente que su ministerio tocara todas las regiones en donde de una manera u otra estaban esparcidos aquellos judíos o descendientes de judíos o prosélitos nos llevan a pensar que la estrategia misionera novo testamentaria delineada por Jesús a través de su ministerio, no sólo tenía una fuerte inclinación explosiva, sino que la fuerza centrífuga hacía que no quedara ni un lugar en donde no se hubiera escuchado acerca de Él.

 

Todos estos actos deliberados de parte de Jesús, lógicamente guardan un propósito con relación a la tarea que se le había encomendado.  La muerte de Cristo en la cruz fue la culminación de una vida dedicada a estructurar una forma de pensar y de llevar a cabo la voluntad de Dios y de brindar una oportunidad de salvación a todos los hombres.  Es cierto que la sombra de la cruz puede llenar todas las expectativas en cuanto al plan de redención, pero estoy seguro que no intenta opacar todo el andamiaje que fue elaborado por Cristo para llegar en victoria sublime hasta la resurrección.   

 

La tarea que tenemos en nuestras manos nunca puede encontrar barreras u obstáculos.  Debe extenderse como una llama a lo largo y ancho de nuestros países, culturas, clases sociales, denominaciones, posiciones doctrinales, etc.  La tarea misional de Cristo fue totalmente inclusiva, al punto de haber compartido su propósito hasta con sus “enemigos”. Esta labor, finalmente, pasó a ser explosiva pues los resultados se ven hoy hasta los confines de la tierra.  El desarrollo del trabajo misionero contemporáneo debe seguir los mismo patrones.  No puede ser una obra exclusivista, no puede caer o quedar en manos de los “expertos”, no puede ser guardada para un cierto grupo “elite” de la iglesia, no puede quedarse intramuros de los esquemas eclesiásticos, no puede detenerse en las torres de marfil o con aquellos que logran entenderla un poco más allá.  Debe y tiene que ser compartida con todos aquellos que se consideran discípulos de Cristo y que, por lo tanto, sienten una responsabilidad con el mandato de Jesús: “vayan y hagan discípulos”.

 

 

Cristo y su compromiso con la misión

 

Al contemplar las expectativas que llevaron a Cristo hasta la muerte y muerte de cruz podemos observar las razones que sostenían estas difíciles decisiones en medio de circunstancias adversas.  La misión de Jesús se sostuvo a cada momento sobre el paradigma de la volunta de su Padre.  La obediencia intrínseca de sus hechos no tenía otro respaldo que el entendimiento de los lineamientos que emanaban del trono de Dios. Por lo tanto, sus obras y los alcances de estas no guardaban un sentido en sí mismas, sino que reflejaban la perspectiva del compromiso que tenía acordado con Él.  Muchas veces en los evangelios vemos a Jesús respondiendo a los desafíos de la misión con postulados que iban más allá de las labores o los riesgos que implicara cumplirlas.  Estudiemos algunos ejemplos que den vida a esta teoría.

 

1.       En Juan capítulo 4 se encuentra la expresión del deseo de Cristo por ver saciada la voluntad de su Padre.  Este capítulo que ha sido usado normalmente para hablar sobre la adoración tiene implicaciones misiológicas determinantes. Que Jesús hubiera dicho: “me es necesario pasar por Samaria”  denotaba ya una decisión tomada con antelación en cuanto a los samaritanos.  Este pueblo que se salía de los márgenes del pueblo de Dios mostraba el interés salvífico que se acercaba a los gentiles.  Jesús se tomó el tiempo suficiente para llegar hasta una aldea lejana de su recorrido, no sólo para hablar con una samaritana y a través de ella con toda la aldea.  Parece sencillo el estilo de pensar que el Maestro hizo esto sin importar que se tratara de tan solo una persona. Este pensamiento que parece altruista se convierte muchas veces en reduccionista.  Cristo siempre fue un fiel mayordomo de los recursos que le daba su Padre.  El tiempo, el esfuerzo, la cantidad agregada de dinero que podría representar salir de su ruta para llegar hasta esa aldea no estaba sustentado en el hecho de salvar un alma perdida. Por el contrario, en los versículos 31 al 35 tenemos una interesante conversación entre Jesús y sus discípulos; el centro de dicha conversación fue la voluntad de Dios.  Él hace una notable analogía entre la comida y la voluntad de Dios.  Así, de la misma manera que para sus discípulos era una necesidad insuperable tomar los alimentos cada vez que el cuerpo los requiriera, así era para Jesús cumplir la voluntad de su Padre.  Esta voluntad quedó expresada en el versículo 35 cuando los insta a levantar sus ojos para ver que los campos están blancos para la cosecha.

 

2.       En Juan capítulo 5 del versículo 1 al versículo 18 se encuentra la forma de ministración de Jesús en su misión; una forma que demostraba que su ministerio estaba ligado a un plan establecido con anterioridad por el trono celestial y que el cumplimiento de este plan estaba por encima de la necesidad.  Los primeros 9 versículos de este interesante pasaje nos muestran un cuadro poco normal en el estilo de ministración de Jesús.  En aquel pórtico de Betesda, que se había convertido en uno de los lugares de refugio de todos aquellos que por alguna afección física habían sido separados de la sociedad por considerarse inmundos, es donde encontramos a Cristo haciendo una pregunta aparentemente irrelevante a uno de ellos: ¿Quieres ser sano? Una pregunta inquietante y tal vez atrevida para un hombre paralítico por espacio de 38 años que yacía en el piso, con su cuerpo en dinámico estado de descomposición y sin ninguna esperanza de lograr un poco de la medicina sobrenatural que se manifestaba en aquel estanque.  La respuesta es como si en otras palabras hubiera dicho: “naturalmente quiero sanarme, pero no puedo conseguirlo ¿por qué te burlas de mi impotencia?”  La mayoría de los exégetas novo testamentarios están a favor de argumentar que lo que Cristo esperaba era una respuesta que mostrara la actitud correcta en cuanto al reconocimiento de su estado y por ende de su necesidad.  Actitud que es la única que Dios espera para poder traer salvación al hombre y que, desafortunadamente, no está implícita en la naturaleza humana a raíz del pecado.  

 

En Génesis, en la historia de la caída del hombre, podemos encontrar que explícitamente Dios dio a Adán una “segunda” (por así decirlo) oportunidad en cuanto a reconocer el estado de pecado en el que había caído: “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿dónde estas tú?” Una expresión que se entiende por muchos como: ¿qué estás haciendo? ¿Por qué estás escondido? Dios quería que el hombre expresara de sí mismo su condición de pecado que no llegó a suceder. 

 

Regresando al relato del paralítico es interesante ver que la sanidad y el trato con este hombre en verdad era un prototipo de lo que hubiera podido suceder con cualquiera de los demás enfermos allí presentes.  La condición en la que todos se encontraban era similar; una condición pobre físicamente, desechada de una sociedad religiosa elitista y sumida en la desesperanza.  Al ver este dantesco cuadro surge una pregunta: ¿por qué Cristo no sanó a todos si tenían la misma necesidad?  ¿Sólo uno fue objeto de la gracia de Dios y los demás quedaron desechados?  La respuesta a este interrogante se da cuando los fariseos están increpando a Jesús por sanar al enfermo en un día de reposo, a lo cual Él responde: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” La acusación de quebrantar el sábado de parte de los fariseos podría traducirse al mismo cuestionamiento que nos asedia: ¿por qué uno?  La respuesta sería la misma: “sólo lo que el Padre me dice que haga, eso hago” La perspectiva del trabajo de Cristo no estaba basada en la necesidad que lo rondaba sino, de nuevo, en la voluntad del que lo había enviado.  Ahora, es lógico que la voluntad de Dios y la necesidad guardan una relación.  Como  escribe Campell Morgan: “Dios no tiene sábado en tanto que haya hombres echados como este de Juan 5, mallugados y quebrantados” [6] Lo importante es mantener bien definidas nuestras razones al momento de ponerlas en práctica.  No es la necesidad la que nos empuja a desarrollar la tarea misionera, es la voluntad de Dios.

 

3.       Por último, podemos ver que fue la gloria de Dios lo que llevo a Cristo a tomar la decisión más difícil de su ministerio: ir a la cruz.  Sabemos y entendemos que el fin último de nuestro trabajo misionero no se resume bajo el carácter soteriológico solamente.  El ámbito doxológico que acompaña la misión tiene dimensiones mucho más amplias.  Al reconocer en nuestra teología que la obra de redención diseñada por Dios no es antropocéntrica, entonces, tenemos que referirnos inmediatamente a categorías Teocéntricas.  Dios es el centro de las misiones, su gloria el fin; y saciar el deseo de su corazón de convivir con el hombre por los siglos de los siglos es el objeto de nuestra ardua, pero gloriosa labor.


 

[1] Misión en Transformación, David J. Bosch, Libros Desafío, página 110

[2] Misión en el Camino, Samuel Escobar, FTL, página 7

[3] René Padilla – Padilla y Branson, op.cit., página 221

[4] Mackay Juan, El otro Cristo español, página 12

[5] La Vida de Cristo, F.B. Meyer, Ed. Vida

[6] Las enseñanzas de Cristo, Morgan Campell, Ed. CLIE, página 156