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Internacionalización o
Anglonización
Por Federico A. Bertuzzi PM Internacional/COMIBAM
Wal-Mart llegó a mi ciudad Nací y vivo en la ciudad de Santa Fe, Argentina, una ciudad de unos 400.000 habitantes que esta rodeada de agua: al este, al sur, al oeste, todos son ríos y lagunas. Es que el emplazamiento original de la ciudad, que don Juan de Garay fundara hace casi 450 años, fue a orillas de un afluente del gran Paraná, un caudaloso río que desciende, majestuoso, desde Brasil y Paraguay, atravesando la extensa pampa húmeda de mi país. Pues bien, tiempo atrás, una enorme superficie ubicada al este de la ciudad, que generalmente estaba cubierta por las aguas marrones del río, comenzó a ser rellenada. Una draga fluvial de gran porte estuvo extrayendo del fondo del lecho, noche y día, miles de metros cúbicos de arena que iban siendo depositados mediante largas tuberías de acero sobre aquel terreno. Lentamente y sin pausa, la zona inundable se fue elevando hasta alcanzar más de tres metros de su altura original. El agua se escurrió, la arena se compactó, y los albañiles comenzaron a construir unas enormes instalaciones, para nosotros descomunales hasta ese entonces. Se trataba de un gigantesco centro comercial, con playas de estacionamiento, tiendas, microcines, etc. En un tiempo record (menos de un año), con una inversión multimillonaria, se había ganado terreno al río, y una adormecida ciudad del interior ¡contaba ahora con su propio Wal-Mart! Ni qué hablar de los comerciantes de la ciudad: ¡estaban aterrados! La multinacional, con la anuencia de políticos que nunca se sabe para qué lado patean, se había instalado frente a sus narices, y venía a rivalizar con ellos, con precios subsidiados por la famosa cadena de supermercados, precios con los que jamás podrían competir. En medio de la aguda recesión los negocios tendrían pocas posibilidades de sobrevivir y serían llevados al cierre. La gente perdería sus ya escasas fuentes laborales... Así, los negros nubarrones se cernían sobre el horizonte de una ciudad que nunca se había caracterizado por ser demasiado próspera.
Irrupción de misiones anglosajonas Sirva esta ilustración para abrir el tema planteado: la internacionalización o la anglonización de la misión. En un momento de franco despertar misionero mundial que experimentan nuestras iglesias en América latina, de carácter verdaderamente autóctono, se divisa sobre el horizonte un llamativo número de iniciativas misioneras que, procedentes del Norte, están desembarcando sobre nuestras playas. Tal es así que ahora podemos contar por docenas las organizaciones y esfuerzos anglosajones que se han instalado en nuestro medio, todos con el fin de "colaborar" con nosotros en la evangelización mundial, particularmente la ventana 10/40. Y se trata de un fenómeno relativamente nuevo, de quizás no más de cinco años. Como evangélicos latinoamericanos tenemos una enorme deuda de gratitud con nuestros queridos hermanos "rubios", que desde hace más de un siglo nos trajeron el evangelio y nos bendijeron con su presencia. Nos ayudaron con la traducción bíblica para que nuestros pueblos aborígenes contaran con la Palabra de Dios en su propia lengua, nos ayudaron con el establecimiento de congregaciones y la construcción de millares de templos y capillas, así como de numerosas instituciones teológicas y educativas de diversa naturaleza, estudios de radio y televisión, orfanatos, hogares de niños y ancianos, imprentas, hospitales, dispensarios, etc., imposibles de cuantificar. ¡Gloria a Dios por semejante esfuerzo, y por tantos de ellos que dejaron también sus restos mortales en nuestro querido suelo! No nos estamos refiriendo, pues, a esa larga trayectoria misionera de los anglosajones en nuestro medio, por la que estamos tan reconocidos. A lo que nos estamos refiriendo es a algo en su enfoque que nos resulta novedoso. Antes nos habían visto necesitados y por eso nos trajeron el evangelio; ahora nos ven "útiles" y nos quieren llevar por todo el mundo. ¡Nos están haciendo partícipes de lo que ellos vienen haciendo desde hace más de un siglo! Un misionero me contó hace cuatro años que las Asambleas de Dios, con cuatrocientos cincuenta misioneros norteamericanos trabajando en Latinoamérica, tenían solamente a dos que estaban apoyando el movimiento misionero de su denominación. Recientemente, en un cónclave de líderes bautista sudamericanos "para la aceleración de la evangelización mundial", conversando con uno de los principales directivos mundiales de Richmond, nos informó que de los mil misioneros norteamericanos operando en nuestro continente, ¡no había uno que estuviera designado oficialmente para apoyar el desarrollo misionero de las iglesias bautistas! ¿Por qué no nos enseñaron "misiones" antes? Cuando salieron de sus países (Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Alemania, Suiza, Suecia, Noruega, Australia, Nueva Zelanda) lo hicieron en calidad de "misioneros", y cuando ellos vuelven allá de licencia se la pasan predicando de "misiones", pero aquí, ¿por qué hasta ahora no nos hablaron de ello? ¿Será que no estábamos listos? ¿o que no nos creían capaces? ¿o que "misiones" no era parte de "todo el consejo de Dios" (Hch 20.27)? Además, hubo otros dos elementos ausentes de su prédica: no nos enseñaron mayordomía, y no nos enseñaron participación cívica. A la primera falencia la remediaron hace unos treinta años, cuando comenzaron a predicar sobre mayordomía cristiana, y es por eso que ahora entendemos y practicamos el diezmo y las ofrendas. Respecto a lo otro, tampoco nos enseñaron a participar activamente en la sociedad (¡y ni qué hablar de política!), por más que allá en el Norte es común encontrar a funcionarios y políticos de renombre que se declaran evangélicos "born again". Pero afortunadamente, parece que las cosas se están revirtiendo y la hora ha llegado (¡tardamos cien años, apenas!): el Sur está ahora habilitado para emprender la empresa mundial.
Algunos modelos de misiones internacionales Como decíamos, no estamos considerando la labor de las organizaciones misioneras anglosajonas que operan en el sentido clásico dentro de nuestro contexto, sino solamente de aquellas que lo hacen con la mira puesta en otras fronteras, y cuál es o debería ser nuestro relacionamiento con ellas. En general, celebramos su participación e involucramiento con nosotros en la Gran Comisión, pero consideramos necesario hacer algún análisis respecto a los modelos que se están empleando, tanto como para optimizar como mayordomos de Dios el potencial de ellos y el nuestro en pro de los no alcanzados, como también para evitar una repetición de errores que la historia nos enseña hasta el hartazgo. Nos parece que hay modelos que contribuyen sanamente al fortalecimiento de nuestro joven movimiento misionero latino, pero hay otros que pareciera más bien que lo están debilitando o fragmentando. De una manera supersimplificada, se dan en principio tres modelos diferentes, que con sus variantes, tipifican este reciente surgimiento misionero anglosajón: 1. El primero es el modelo "anglófilo", donde la organización del Norte abre una sucursal en el Sur, que llega a ser fiel reflejo de lo que ella es y hace en su tierra de origen. Cual filial de ultramar mantiene su mismo nombre de marca, estatutos, principios operativos, directiva, etc. Los altos mandos son todos anglos, y reclutan a los latinos procesándolos conforme a sus prácticas y procedimientos. En su envío al campo misionero, la carga por su responsabilidad económica y logística, corren fundamentalmente por cuenta de la agencia "gringa". La gente dice: "¡Se los llevaron a trabajar con ellos!" 2. El segundo modelo es el "participativo", donde la organización anglosajona se establece en nuestro medio, con una relación que puede resultar más o menos estrecha con los locales, se establecen convenios laborales, y la iglesia local asume alguna participación en el proceso de la salida de sus misioneros; pero a todos les queda en claro que es la organización extranjera la que finalmente está detrás. La gente dice: "¡Qué bueno que contamos con su apoyo!" El tercer modelo es el "servicial", es decir, cuando la organización anglosajona viene a nuestro medio con una real actitud de sierva, dispuesta a ponerse bajo las órdenes de pastores y líderes latinos, y ofrece desinteresadamente su servicio y sus recursos, sin imponer condiciones ni lineamientos. En ocasiones, ni su nombre de marca aparece publicado, y la gente, notando que no están tirando agua para su molino, expresa: "Estos, aunque no hablen bien el castellano, ¡son de los nuestros!"
Algunas "santas" tentaciones Como es de suponer, en un terreno en el que ha sido bastante árido sembrar y cosechar, el de las misiones, todo aquel que ha venido batallando para que ver cambios en una iglesia acomplejada, distraída por otros énfasis y apática en cuanto visión misionera, se sentirá naturalmente atraído ante cualquier ofrecimiento de apoyo y cooperación que facilite sus objetivos misioneros. Y es aquí, precisamente, adonde conviene detenerse y considerar que "no es oro todo lo que brilla". Algunas situaciones, que en principio parecerían halagüeñas, a la postre pudieran terminar siendo un lastre. Se hace innecesario hablar a estas alturas de los males que aún aquejan a la Obra por causa del paternalismo gringo, pero no neguemos el oportunismo latino con el que hemos intentado "desplumarlos" más de una vez. Por la dignidad del santo Evangelio: ¡ni lo uno ni lo otro! En un espíritu de mayor acercamiento intereclesiástico e intermisionológico que se está dando en nuestros días, adonde observamos que aquellas barreras que suponíamos infranqueables están cayendo, todo nos lleva a augurar que estemos frente al día cuando, unidos como nunca antes, podamos sumar y potenciar los recursos humanos, económicos, logísticos, etc., que el Señor nos ha dado para completar la tarea de la evangelización mundial. El tema de la cooperación misionera es uno de los predilectos de COMIBAM Internacional (de ahí su nombre: Cooperación Misionera Iberoamericana). Desde mediados de la década del ochenta se ha venido machacando con la unidad de la iglesia y las misiones (Jn 17.21), y no creo exagerar si afirmo que no ha habido otro tema que más nos haya unido que precisamente este, el de las misiones. De las más disímiles corrientes teológicas y litúrgicas, allí se encuentran hermanos unidos, participando en incontables congresos, consultas y conferencias misioneras, celebradas a lo largo y ancho de nuestro vasto continente. Misiones une. En este ambiente misionológico están corriendo nuevos vientos de cooperación internacional, alianzas estratégicas, acercamiento Norte-Sur. (Merecería un análisis más profundo si detrás de este sentir no existe alguna influencia, por inconsciente que fuera, del mundo empresarial y globalizado, adonde las multinacionales y la banca internacional establecen redes y se fusionan, únicamente con el fin de asegurar sus capitales y lograr pingües ganancias...)
Sorpresas de la convivencia En las relaciones Norte-Sur se suele dar por sentado, ingenuamente, que salvando la cuestión idiomática (es decir, que en definitiva el latino termine aprendiendo el idioma "universal": el inglés), todo lo demás correrá automáticamente y sin mayores inconvenientes. Algunas misiones "exigen" a los obreros latinos que dominen la lengua de Shakespeare, como para comunicarse con sus colegas de equipo en el campo misionero, a lo que deberán agregar la lengua nativa, que es la verdadera herramienta que deberán dominar si van a ser fieles al llamamiento que tuvieron. Si de misión transcultural se trata, el dominio del idioma local es fundamental, y puede llegar a ser una carga excesiva que el obrero que procede de una cultura monoligüística como la hispana, se vea forzado a desenvolverse en dos nuevos idiomas aprendido de grande. Una cosa es saberse comunicar en una lengua extranjera como "para no morirse de hambre", otra es compartir el evangelio, y otra cuando hay que tratar temas más abstractos, subjetivos, íntimos, y no se domina un vocabulario abundante. Más de un latino se ha visto hondamente frustrado por no poderse comunicarse con sus compañeros de misión en el extranjero al nivel afectivo que hubiera deseado. Se debe tener en cuenta, además del factor idiomático enunciado, que existen otras situaciones de convivencia en cualquier equipo internacional que pueden llevar a fricciones, y que exceden a la comunicación verbal, y que están referidas a patrones de conducta, hábitos, valores culturales, maneras de hacer las cosas, formas de tomar decisiones, etc.
¿Cuál será el mejor modelo? Se ha oído por el continente el quejido: "Nos trajeron el evangelio, ¡pero también sus divisiones!" Ahora las misiones nos están uniendo, pero ellos regresan, y esta vez con las misiones, y nos vuelven a dividir... ¿Será para tanto? Cuando nuestras iglesias se cuentan por millares y las instituciones evangélicas por centenares, y hay gringos que desean venir a colaborar con nosotros para llegar a los pueblos no alcanzados, ¿cuál debería ser la manera más adecuada para que lleven adelante sus intenciones? ¿Sería sabio que se establezcan como misiones autónomas, levanten sus propias oficinas, hagan un buen marketing con folletos a todo color, y emprendan vigorosos planes de reclutamiento? Al fin y al cabo hay libertad y cada uno deberá responder al Señor por los talentos recibidos, pero cabe preguntarse si existiendo una iglesia nacional, y que está dando sus primeros pasos en misiones, ¿no convendría más bien que se relacionara antes con ella y ofreciera su servicios? La diferencia de poderío Norte comparado con el Sur es abismal. Me constan algunos lamentables casos cuando incipientes organizaciones misioneras latinas, que a duras penas podían sostener a sus misioneros en el exterior (por no mencionar a sus oficinas de envío), tuvieron que atravesar la dura experiencia desestabilizadora provocada por ciertos "grandes" emprendimientos del Norte que habían llegado a establecerse en sus inmediaciones. Decían que venían a cooperar (y no dudamos de sus motivaciones), pero trajeron más problemas que bendiciones. Con su vasta experiencia, prestigio institucional, estabilidad financiera, conexiones internacionales, tecnología de punta, y contagioso entusiasmo, ¿podría "competir" con ellos la pequeña misión del Tercer Mundo? ¿No sería más conveniente abandonar los esfuerzos y unirse a los expertos? ¿Valdría la pena seguir bregando por un ideal, si "otros" con mucho menos sacrificio lograrían mucho más? Todos estos temas merecen ser considerados de una manera franca y madura, sin prejuicios ni condicionamientos. El modelo neotestamentario nos muestra que aquellos cristianos participaron mancomunadamente de las misiones "mundiales", cruzando fronteras de cientos y miles de kilómetros que los separaban. Macedonia y Acaya (dos "naciones" dentro del imperio romano) salieron en socorro para ayudar a sus hermanos pobres de Judea (otra nación), y el misionero Pablo solicita ayuda a la iglesia de la capital (Roma) para que lo patrocine para llegar a los confines del Mediterráneo (España), su nuevo campo no alcanzado (Ro 15.25-31). Iglesias jóvenes ayudando a una iglesia antigua. Cristianos que no se conocían entrelazados en vínculos fraternales del amor y solidaridad. Pobres ayudando a pobres. Se hacía misiones. Pertenecían a razas diversas. Tenían planes. Había desprendimiento. ¡Y no disponían ni remotamente de los medios de comunicación, transporte, seguros, transferencias bancarias, etc., que nuestro siglo nos ofrece!
Conclusiones En 2 Corintios 8.13-15 dice: "Es más bien cuestión de igualdad. En las circunstancias actuales la abundancia de ustedes suplirá lo que ellos necesitan, para que a su vez la abundancia de ellos supla lo que ustedes necesitan. Así habrá igualdad, como está escrito: Ni al que recogió mucho le sobraba, ni al que recogió poco le faltaba." La iglesia es el cuerpo de Cristo, y cada miembro es una parte del todo. Nos necesitamos y nos debemos mutuamente uno al otro, en igualdad de condiciones, más allá de consideraciones ideológicas o materiales. Si existen desequilibrios, estos deben ser compensados. Deberíamos velar para que las desigualdades sean eliminadas. Hay cuantiosos recursos humanos y financieros en el Norte y en el Sur que aun no se han dado la mano convenientemente. La internacionalización de la misión es bíblica, y unir adecuadamente los maravillosos recursos que el Espíritu Santo repartió, generosamente en el Cuerpo, debería ser nuestra ambición, a fin de cumplir con el mandato que nuestro Señor nos entregó: "haced discípulos a todas las naciones" (Mt 28.19).
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