Soy Madre de Misionero

 

María fue elegida por Dios como protagonista del papel más importante que una mujer podría recibir. Ser madre de Jesucristo, misionero por excelencia, que vino al mundo para salvar a la humanidad perdida. Para María, confiar en Dios fue mucho más que decir sí y aceptar ser la madre del Salvador. Ella se colocó como la “sierva del Señor”, lista para hacer la voluntad de Dios. “Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. (Lucas 1: 30-33)

La entrega de un hijo a la obra misionera provoca una mezcla de emociones en el corazón de una madre: ansiedad con expectativa, alegría y preocupación, algo indescriptible, inexplicable. Ser madre de misionero tiene valor inestimable para Dios, pues ella dedica el fruto de su vientre al Señor y este hombre o mujer obedece a Dios y lleva el Evangelio a pueblos y lugares aún no alcanzados. Y en este mes de mayo, mes de las madres, recordamos un inmenso número de mujeres que contribuyen a la expansión del Reino de Dios, a las madres de misioneros.

Estas mujeres aman a sus hijos, pero aman mucho más a Dios y su obra misionera. Por eso, se alegran con el llamado misionero de sus hijos, aunque eso les cueste la ausencia del hijo y traiga mucha preocupación. Cada madre de misionero va al campo con su hijo, aunque nunca ponga los pies en los lugares por donde sus hijos están anunciando el Evangelio. Ellas lloran por la nostalgia, pero son agradecidas porque sus hijos eligieron dedicar sus vidas al Señor y abrazaron la oportunidad de llevar el Evangelio a los confines de la tierra. Ellas oran incesantemente pidiendo a Dios que guarde y proteja a sus hijos, pero claman para que sean perseverantes y agradecen a Dios por haber sido escogidos para la obra misionera.

Los testimonios de madres de misioneros, mujeres anónimas que claman a Dios por sus hijos, dejan claro que la nostalgia existe, pero la alegría de participar para ampliar el Reino de Dios es mayor. “Yo siento mucha nostalgia y, a veces, tengo ganas de ir a buscarla, de besar a mi niña, pero sé que el mejor lugar que ella podría estar viviendo aquí en la tierra en este momento, con certeza, es en el campo misionero. La nostalgia es grande pero cuando uno recuerda que todo es para honra y gloria del Señor, que dio su único hijo por nosotros en la Cruz, alabamos a Dios”.

Ser madre de misionero es tener la fe fortalecida, pues ellas aprenden a poner totalmente su confianza en Dios para librar a sus hijos de peligros y dificultades en el campo. Ser madre de un misionero es garantizar a los hijos que mientras estén en el mundo predicando las Buenas Nuevas del Evangelio de Jesús, sus rodillas estarán dobladas en oración y glorificando el nombre del Señor.

Fuente: Radar Missionário

The following two tabs change content below.
Imagen de perfil de Martha Claros

Martha Claros

Directora del Área de Comunicación - COMIBAM Internacional

Comments are closed.