Nate Saint – “Mi vida llegó a un punto sin retorno”

 

Por  José Nogueira

La vida de Nate Saint fue muy corta. Murió con sólo 32 años. Desde pequeño tenia la cualidad de ser pionero. A los siete años hizo su primer vuelo. Después de eso, se apasionó por aviones. Con ocho años emprendió un “estudio” sobre las hélices del molino en la hacienda donde vivían en el interior de los Estados Unidos.

Como su familia era cristiana, Nate aprendió la Palabra de Dios con sus padres. Su hermana Raquel adoraba contarle las historias de la vida de los grandes misioneros. En su juventud sirvió en la Fuerza Aérea de Estados Unidos, donde mostró un talento extraordinario para mecánica de aviones.

Después de que dejó la Fuerza Aérea, Nate Saint tuvo la convicción de ser llamado por el Señor para misiones. Conocía el trabajo misionero de la Misión Alas del Socorro que prestaba servicio de aviación a los misioneros que trabajaban en lugares de difícil acceso, principalmente en las selvas amazónicas. Estudiando teología y prestando servicio como piloto a los misioneros, Nate fue creciendo en la Palabra de Dios, preparándose espiritualmente y fortaleciéndose para el gran desafío que Dios preparaba para su vida.

Fue en esa época que Nate Saint, conversando con un compañero de seminario, le confesó que “su vida había llegado a un punto sin retorno”. Su amigo no entendió lo que él quiso decir con eso. Pero guardó aquella expresión en su corazón. Mucho más tarde comprendió lo Nate le dijo aquel día.

En 1948, Nate Saint se casó con Marj, una joven recién formada en enfermería, y que compartía con él la misma visión misionera. Juntos buscaron a Dios en cuanto al campo al que debían ir. Quedó claro que Dios los quería en el trabajo en las selvas de Ecuador, en América del Sur.

En ese período Nate oyó hablar de los indios aucas. Ellos eran salvajes y recientemente habían atacado un puesto de una compañía petrolera matando a 14 personas. Los aucas habían resistido a algunos intentos de misioneros para alcanzarlos. Estos indios rechazaban cualquier contacto con blancos e incluso con otros indios. La manera en que ellos respondían a todos los intentos de amistad era siempre con emboscadas que dejaban víctimas heridas por flechas y lanzas.

Para Nate Saint los temibles aucas no fueron vistos como salvajes, sino como un pueblo por el cual Jesucristo también había muerto. Creció en él una compasión por aquel pueblo, y con ese sentimiento vino el deseo de alcanzarlos.

Un equipo de cinco misioneros fue formado con la finalidad de alcanzar los aucas y llevarles el Evangelio de Jesucristo. Se unieron a Nate Saint, Jim Elliot, Pedro Fleming, Ed McCully y Rogério Youderian. Comenzó entonces la “Operación Auca”.

En principio se estableció que todo se preparara con extremo cuidado y precaución. Una vez les llegó la noticia de otra emboscada de los aucas con muchas muertes. Por eso, por varios meses, los cinco misioneros se reunieron con sus familias para orar y planear cómo alcanzar los aucas.

Sobrevolando la selva, localizaron aldeas de los aucas y comenzaron a enviarles regalos. Mientras tanto, un auca que vivió en la ciudad comenzó a enseñarles un poco de la lengua de ese pueblo feroz: Biti miti puni-mupa (¡Me gustas y quiero ser tu amigo!).

Buenas noticias: los aucas empezaron a recoger los regalos y también a dejarles regalos como una prueba de gratitud y retribución. ¡El equipo entero estaba eufórico!

Después de varios intercambios de regalos y demostraciones de amistad, los misioneros decidieron bajar hasta la región de los aucas. El 3 de enero de 1956, aterrizaron en una playa del río, hicieron una cabaña, colocaron más regalos a la vista y esperaron el contacto con aquellos indios. Diariamente hablaban por la radio del avión con sus esposas, comentando la expectativa de que a cualquier momento recibirían la visita de los aucas. Durante tres días comenzaron a gritar en la lengua de Aucas: Biti miti puni-mupa (¡Me gustas y quiero ser tu amigo!).

El 8 de enero la radio se quedó muda. Las esposas no recibieron ninguna comunicación. Al día siguiente, comunicaron la desaparición de los misioneros. Se formaron varios equipos de búsqueda. Y, finalmente, encontraron en la playa, cerca del avión y cerca de la cabaña, cuatro cuerpos de los misioneros. El cuerpo de Ed McCully nunca fue hallado. Los cinco misioneros fueron asesinados por los aucas.

Y la historia se repitió. La sangre de mártires hace fecundo el suelo para la siembra del Evangelio. Al saber de la muerte de su marido, Marj tuvo fe y fuerzas para orar: “Señor, has sacado de mí el tesoro más precioso que yo tenía en la tierra. “Utiliza su muerte aún más de lo que usaste su corta vida”. Este era su amén y el amén de Dios.

Las viudas y la hermana de Nate Saint, Raquel, años después, continuaron el trabajo misionero para alcanzar los aucas. El 8 de octubre de 1958, Betty Elliot y Raquel Saint finalmente se establecieron entre los aucas. Muchos se convirtieron. Se formó una iglesia. Y entre los convertidos estaba Kimo, uno de los asesinos de los misioneros. Kimo se convirtió en pastor, y en 1965, en la misma playa donde murieron los cinco misioneros, bautizó en esas aguas a Kathy, hija de Nate Saint, a petición de ella y con el consentimiento de su madre.

“Mi vida llegó a un punto sin retorno”, dijo Nate Saint antes de esa misión. Su amigo finalmente vino a descubrir lo que esto significaba. Los pilotos de la Segunda Guerra, cuando iban a los combates, tenían que quedarse con el ojo en el marcador de combustible. Cuando el puntero llegaba al medio, era hora de volver, pues el combustible sólo daría para el retorno. Algunas veces, el piloto estaba tan concentrado en los combates, que olvidaba mirar la reserva de combustible. Cuando él miraba y veía que no daba más para volver, sólo le quedaba usar el resto de combustible que tenía para la misión, sin pensar más en volver. Los grandes héroes de la Fuerza Aérea fueron los que llegaron a este llamado punto sin retorno.

Así fue como Nate Saint comprendió su vida ante el Señor Jesucristo. Su comprensión de Dios y de la misión que le fue confiada lo llevó a un punto sin retorno, en el que lo más importante era ¡cumplir la Misión!

Fuente: Radar Missionario

 

 

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Martha Claros

Directora del Área de Comunicación - COMIBAM Internacional

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