La Misión y la Gloria de Dios

Por Igor Miguel

Dios está reconciliando al mundo consigo en la persona de su hijo Jesucristo (II Co. 5:19). La verdad cristiana no es necesariamente un concepto, una ideología ni una creencia científica: es una persona. Los cristianos insisten en la verdad de que el universo es una respuesta a un acto deliberado de creatividad inteligente y personal. En ese caso, la sabiduría y la personalidad de Dios.

El Señor se vuelve a sus criaturas en amor incondicional por una sola razón: su glorificación. El término “gloria” no siempre es claro, pero implica esencialmente la exposición de quién es Dios. Todas las veces que miramos y notamos algo que nos conmueve y nos lleva a un sentido de gratitud inexpresable, estamos de alguna manera maravillados con lo que podemos llamar Misterio Profundo, la gloria de Dios. Esta experiencia es singular. Parece que alguien está permitiendo ser visto y se está exponiendo para que nos maravillemos. Y, de hecho, ¡es exactamente eso! Las obras de Dios son maravillosas (Sal. 19, 104) y toda la Tierra está llena de su gloria (Is. 6).

El cristiano no sólo fue reconciliado con Dios. Al creer, él es inmediatamente convocado para exhibir la gloria del Padre por medio de palabras y acciones. Él es el blanco y cooperador de la misión de hacer a Dios conocido. Al final, el Dios de la Biblia es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob (Ex 3.15), es decir, el Señor es conocido e identificado por medio de aquellos con quienes se relaciona.

Dios rechaza todo intento de ser representado por imágenes, pues Él eligió revelarse al mundo por medio de relaciones personales, no en la impersonalidad de los ídolos. La relación se basa en la gracia. Los Ídolos se basan en obras. La comunión es una dádiva. No puede ser controlada ni requerida. La comunión es fruto de un acontecimiento pascual en el que Dios mismo llama a sus elegidos de Egipto. La misión cristiana se funda en la liberación, la reconciliación y la comunión que tenemos con el Soberano Dios por medio de su único Hijo.

Definitivamente el propósito de la misión es la glorificación de Dios. Uno de los medios que Él utiliza para ese fin es el testimonio que emerge de la unión del cristiano con Cristo. Timothy Keller asevera: “Cristo no es un argumento irrefutable; es una persona irrefutable. Más que argumentar, nuestra apologética y evangelización se fundan en la personalidad de Dios que se hizo carne en Jesucristo. Bien situado en el tiempo y en el espacio, el Verbo se hizo carne. Por eso, Él se hizo historia y se volvió persona. Ahora, en vez de estar ansiosos tratando de proyectar en imágenes nuestras expectativas o nuestros conceptos sobre quién es Dios, Él mismo, en la persona de su Hijo, se proyecta en nosotros, como dice Pablo: somos transformados en la imagen de su Hijo de gloria en gloria (II Co. 3:18).

No sería exagerado alegar que la misión cristiana es fundamentalmente escatológica. Los cristianos no son sólo espectadores de un acontecimiento futuro, pues ellos ya viven la consumación por la esperanza. Cada cristiano debe vivir bajo el grito de Cristo en la cruz: “Consumado es” (Juan 19:30).

No tenemos nada que conquistar que Cristo no haya conquistado. Sólo proclamamos que Dios ya reconcilió al mundo, ya ha vencido en Cristo, que Él es victorioso, y el mal ha sido derrotado. Naturalmente, la gente mirará con desprecio tal alegación, pero sabemos que “la oveja conoce la voz de su pastor” (Jn. 10:16) y corazones peregrinos serán atraídos irresistiblemente a ese testimonio. Magnéticamente conducidos por el Espíritu Santo, ellos van a escuchar una música familiar, el canto de Moisés y del Cordero: “¡Grandes y admirables son tus obras, Señor Dios Todopoderoso! ¡Justos y verdaderos son tus caminos, oh Rey de las naciones! ¿Quién no temerá y no glorificará tu nombre, oh Señor? Pues sólo tú eres santo. Por eso, todas las naciones vendrán y adorarán delante de ti, porque tus actos de justicia se han hecho manifiestos. “(Ap. 15.3-4).

Como cristianos, no necesitamos crear una tensión entre la proclamación del Evangelio y los servicios que derivan de él. No necesitamos crear una tensión entre la Gran Comisión y el Gran Mandamiento. Hay una clara integración bíblica entre la obra de Cristo y las obras que realizamos en Cristo. No somos salvos por obras, sino para obras (Ef. 2.10). Hemos sido salvos para mostrar quién es Dios por acciones, servicio y creatividad. Que nuestro mensaje sea pavimentado por obras de gracia y que las obras de gracia, legitimen nuestras palabras.

“Acciones cristianas en el mundo necesitan ser tratadas como señales subescatológicas, es decir, señales de la obra consumada, sin pretensiones de ser la consumación. Que los misioneros estén fielmente presentes en el mundo, pero libres de la ansiedad de arrojar para sí un papel que pertenece a Cristo.

En fin, el misionero no puede ser un triunfalista ni un romántico ingenuo. Antes, debe ser un siervo esperanzado que camina mirando al horizonte de la historia, sabiendo que Dios está allí y aquí, en Cristo, reconciliando consigo mismo al mundo. El misionero sabe que su vida apunta a una sola tarea: la glorificación de Dios. No hay espacio para utopías, ufanismos, ni planes de carrera en las palabras de nuestros reformadores: Soli Deo Gloria! (¡Sólo a Dios la gloria!).

Igor Miguel está casado con Juliana Miguel, padre de Juan y Teresa Miguel. Teólogo, pedagogo y maestro en letras (lengua hebrea) por la USP. Actúa como especialista en educación cognitiva y gestor de proyectos educativos y humanitarios con refugiados en la SERVED. Pastor de misiones en la Iglesia Esperanza en BH / MG, profesor del Curso Perspectivas, Instituto Bíblico Esperanza y en el Curso L’Abri de Espiritualidad y Fe Cristiana.

Fuente: Portal Povos e Línguas

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Martha Claros

Directora del Área de Comunicación - COMIBAM Internacional

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