Decisiones que transforman vidas

Por Ronaldo Lidório

La Biblia está repleta de iniciativas y decisiones que han cambiado la vida de personas, países y generaciones. Algunas fueron complejas – como peregrinar por un desierto, emprender una guerra o enfrentarse a un gigante – otras fueron más simples – como parar a lo largo de un camino para ayudar a un hombre caído. Sin embargo, fueron decisiones transformadoras.

Erramos al pensar que las decisiones se toman en base a nuestra voluntad. A pesar de que la voluntad desempeña un papel fundamental en nuestras vidas, a menudo no se muestra lo suficientemente fuerte para guiarnos en una decisión acertada y transformadora. ¿Cuántas veces tuvimos sincera voluntad de hacer algo notablemente de gran importancia y no lo hicimos? Las decisiones se adoptan con más frecuencia sobre la base de nuestros principios – lo que determina lo que creemos, que resume nuestro sentido de la vida y nos impulsa a hacer lo improbable.

Lucas, en el capítulo 10, nos presenta cuatro personajes distintos en la carretera entre Jerusalén y Jericó: un necesitado caído al margen de la carretera, un sacerdote, un levita y, finalmente, un samaritano. Es en esta pequeña historia que encontramos el reflejo de nuestra propia humanidad: virtudes a ser celebradas y el natural engaño del corazón que nos impide ver el mundo con los ojos del Padre.

El sacerdote y el levita poseían una función para la cual fueron llamados. Eran hombres separados para el servicio del Reino y ocupados con las cosas del Reino. Poseían un salario y también un público que esperaba que cumplieran sus funciones. Eran los hombres del culto, de las celebraciones y de las ceremonias religiosas. Sin embargo, estaban tan absortos en el cumplimiento de la propia agenda que perdieron de vista el motivo de la vocación. Ellos se olvidaron de que las personas son más importantes que las cosas, que un alma vale más que el mundo entero.

En una sociedad activista, consumista y hedónica, como la nuestra, tal vez éste sea nuestro mayor desafío: percibir a aquellos que están caídos, mientras seguimos apresurados para el próximo compromiso. Jesús enseñó repetidamente a sus discípulos que ellos debían atender a los huérfanos, viudas, encarcelados, enfermos, hambrientos, sedientos, excluidos y perdidos. Jesús, con eso, nos enseñó que debemos tener los ojos abiertos para los que se encuentran en los bordes del camino.

No era bien visto que un samaritano ayude a un judío, opresor de su pueblo. ¿Sería visto como un entreguista, un colaborador del enemigo, o incluso un adulador de Israel? Ayudar al enemigo no le traería aplausos. Lo cierto es que él estaba dispuesto a sacrificar su reputación tomando esta decisión transformadora: detenerse y ayudar a la persona más inalcanzable.

Fácilmente nos impresionamos con historias, biografías y ministerios que no impresionan a Dios. Esto sucede porque nos conmovemos con resultados visibles, mensurables y que generan prestigio, así como con procesos ligados a las multitudes, focos y aplausos. Sin embargo, me parece que en el ejemplo de Jesús y del samaritano el verdadero amor del Padre ocurre con frecuencia en lugares menos frecuentados. Lugares donde Jesús encontró a un ciego cerca a Jericó, una mujer samaritana al lado de un pozo y un cobrador de impuestos odiado por el propio pueblo. Dios ve el corazón. Tal vez estemos aplaudiendo al sacerdote y al levita, que pasaban rápido, probablemente para un gran culto, pero Dios se agradó del samaritano que se detuvo.

La identidad es un elemento que contribuye tremendamente a la toma de decisiones diarias. Para aquel samaritano, su historia le decía que aquel caído era su enemigo y que ese día era el momento de la revancha. Pero, me parece que tenía una imagen real de sí mismo, que iba más allá de la historia contada por sus padres, su sociedad, su apellido y su contexto. Él actuó como alguien que cree que su identidad es definida por Dios. Él no se vio aquel día como un oponente, sino como un ayudante. No vio al hombre caído como un extraño lejano, sino como su prójimo.

Tal vez su historia le diga cosas tristes a su respeto.  Tal vez sus padres, amigos, enemigos, los hechos de la vida o su propio inconsciente colaboren para construir en usted una autoimagen demasiado baja, demasiado alta, o simplemente irreal. La Palabra nos dice, sin embargo, que en Cristo tenemos una nueva identidad. Somos los amados del Padre, herederos con Cristo, vencedores en Dios, sal de la tierra y luz del mundo, creados para su gloria, preferidos del amor del Eterno. Somos más que samaritanos oprimidos, somos hijos de Dios que pueden tener los ojos abiertos para los caídos a lo largo de nuestro camino. La oración que se repite cada día, en este caso, es justamente ésta: Señor, abre los ojos de mi corazón.

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Ronaldo Lidório es graduado en Teología por el Seminario Presbiteriano del Norte (SPN) en Recife-PE, con Doctorado en Estudios Interculturales y Antropología por la Royal London University. Es pastor presbiteriano y miembro de APMT y AMEM. Actuó como plantador de iglesias en Ghana, África, durante nueve años y en el presente lidera un equipo misionero entre diversas etnias indígenas en la Amazonia brasileña. Consultor de la World Evangelical Alliance y otras organizaciones en proyectos de evangelización y plantación de iglesias en áreas residentes.

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