Como jovencita en Corea del Norte, tenía miedo de siquiera tocar una Biblia

Hay pocos países en el mundo que aún capturan el concepto de “reino” donde una persona rige cada aspecto de las vidas de sus súbditos. Especialmente en el oriente, las monarquías parecen reliquias de tiempos pasados.

Para la gente de Corea del Norte, sin embargo, este concepto es real. Han vivido bajo el totalitarismo brutal de la dinastía Kim por casi 70 años, y durante todo ese periodo, la familia Kim ha llegado a controlar cada aspecto de la vida posible. Recientemente, bajo el poder de Kim Jong-un, Corea del Norte ha procurado acabar con todo intento de libertad de expresión, religión y hasta de pensamiento. El poder de la dinastía Kim se hace cada vez más fuerte.

Pero hay otro Reino en Corea del Norte que está presente, y es uno que la familia Kim no ha podido detener.

“Cuando tenía 12, accidentalmente encontré una biblia que mis padres habían escondido en un armario. No sé por qué, pero metí mi mano, la tomé y comencé a leerla.”

Esta es la historia de Kim Sang-Hwa*. Es la historia de una jovencita criada para pensar diferente a lo que la dinastía Kim quería. Es la historia de una búsqueda de libertad. Y lo más importante, es la historia de un Reino Mayor trabajando en las profundidades de Corea del Norte.

Kim Sang-Hwa* En sus propias palabras

Vengo de una familia cristiana, aunque por mucho tiempo ni siquiera sabía que mis padres eran creyentes. Como muchas otras familias cristianas, la nuestra fue confinada a una remota aldea en 1950. Ellos escondían su fe del mundo, pero recuerdo levantarme una noche cuando tenía 6. Nuestra casa era pequeña, así que dormíamos todos juntos en un mismo cuarto. Cuando abrí mis ojos, Vi a mi padre y a mi madre debajo de las sábanas y podía oír el suave sonido de una radio. Más tarde aprendí que lo que estaban escuchando era un programa de una estación cristiana.

Mi descubrimiento pudo haberme costado la vida. Tenía miedo de tocar la Biblia, pero no podía simplemente dejarla allí. Cerré mis ojos, tomé el libro y volví a dejarlo en su lugar. Medí mis opciones. ¿Debía contárselo a mi maestra? ¿Debía ir a los oficiales de la seguridad local? Por quince días no pude pensar en otra cosa. Sabía que era mi deber denunciar este libro ilegal. Pero era mi familia la que estaba involucrada. Y todas estas preguntas: ‘¿Quién o qué es este Dios?’

Finalmente, tuve las agallas de preguntarle a mi padre. Él se sorprendió y se sentó junto a mí. Me preguntó: ‘¿Ves los árboles afuera? ¿Sabes quién los hizo?’. Le contesté que no sabía y el mensaje contó la historia de la creación, incluyendo como Dios había hecho a Adán y a Eva.

Mi madre me enseñó a memorizar versos bíblicos y el credo apostólico, también me explico el Evangelio completo. Mi abuelo me mostró como debía orar. ‘Se trata solo de hablar con Dios. Nada más y nada menos.’ También me habló mucho acerca de la Segunda Venida de Jesús. Para mí todas esas historias e ideas eran tan interesantes. También comencé a leer la Biblia. Pero me di cuenta de que era muy peligroso. Mi padre siempre remarcaba que no se debía compartir nada con nadie. Y luego oraba susurrando, casi de forma inaudible, ‘Padre ayuda a los norcoreanos a buscar primero tu Reino.’

En ocasiones mi padre se reunía con personas en lugares secretos. Muchos niños de creyentes venían a esos lugares a aprender la Biblia. Todos orábamos juntos. Entre las personas que nos visitaban en las reuniones secretas había no-creyentes también, incluso espías. Cuando una de esas personas estaba muriendo, mi padre fue a verlo en su lecho de muerte. El hombre le confesó: “Sé todo sobre ti y tu y tu fe. Yo era un espía y debía vigilarte.”

“¿Entonces?”, le preguntó mi papá.

El hombre dijo, “Eres un hombre bueno. Nunca le dije a nadie que eras cristiano. Dime cómo puedo convertirme en uno también.”

En los momentos finales de su vida, este hombre se arrepintió y entró en el Reino de Dios. Mi padre tuvo el privilegio de guiarlo allí.

La Provisión de Dios

Después de casarme, mi esposo y yo tratamos de encargarnos de quienes no tenían hogar. Hubo una muchacha de la calle que vivió con nosotros por un tiempo. Ella se robó toda mi ropa y desapareció. Yo estaba realmente molesta por eso pero mi padre me dijo que Dios proveería. Yo respondí: “Lo que sea”. Pero unos días después me contactó una tía que estaba en China. Dijo que tenía mucha ropa para mí. Mi padre estaba encantado. “Viste”, dijo, “Dios ya había preparado estas ropas antes de las tuyas fueran robadas.”

De poco, mi esposo y yo fuimos encontrando más y más descontento con el sistema de Corea del Norte. De cada tres personas, una al menos es espía. Siempre debemos hacer lo que nos dicta el gobierno. Pronto nos vimos confrontados con el sistema totalitario. Debido a nuestra posición económica -que obtuvimos a través de la profesión de mi padre y de nuestros parientes en China- fuimos acusados de ser ‘seguidores del capitalismo’. Preocupados por la seguridad de nuestra familia, dejamos a nuestro pequeño de 2 años con mis padres y salimos del país.

Una noche a principios del 2000, cruzamos el río. No fue difícil encontrar refugio y trabajo en China, ya que era la temporada de cosecha. Pero la vida fue dura. Sufrimos mucho. Ese primer año en China fue probablemente el más terrible, aunque hubo cosas buenas. En oportunidades, los cristianos chinos se ocuparon de nosotros y mi esposo entregó su vida a Jesús, después de un año pudimos pagar para que nuestro hijo saliera de Corea del Norte.

“Desearía Volver…”

Años después pudimos establecernos en Corea del Sur, que es donde vivimos ahora, sin embargo, mis sueños y esperanzas no han cambiado desde que dejé Corea del Norte años atrás. Hay mucha libertad aquí en el Sur, pero desearía volver al Norte y compartir el Evangelio con las personas allí, y fraternizar con los creyentes locales. Amo su fe. Estaría dispuesta a morir por el Evangelio. Pienso que si no tuviera a mi familia aquí en Corea del Sur, regresaría y ayudaría a aquellos en necesidad.

Mi padre siempre me dijo que buscara el Reino de Dios primero. Esa siempre será su oración para el país y los creyentes. Esto es por lo que oro en las mañanas, cuando me arrodillo sobre el mapa de Corea del Norte en el piso de mi hogar, y oro por mis hermanos y hermanas. A veces me siento desanimada. Siento lo mismo que muchos creyentes alrededor del mundo, pues pareciera que nada cambia en Corea del Norte. Cuando oro, suelo preguntarle a Dios: “¿Cuál es el punto? ¿De qué sirve continuar orando?” Pero Dios me recuerda: “Conoces Corea del Norte mejor que nadie. Conoces la gente y su sufrimiento. Si no irás, ¿quién lo hará? Descansa en mí. Cree en mí”.

“Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.”

Apocalipsis 21:3 – 5 [RV60]

*Nombre ficticio para resguardar la seguridad.

Fuente: www.gacetacristiana.com.ar

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Martha Claros

Directora del Área de Comunicación - COMIBAM Internacional

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