Hijos de Quijotes:

La Realidad Particular de los Hijos de Misioneros

 

Guillermo Taylor

 

Dina y Paco no se podrían haber imaginado lo que en verdad será su futuro. Sus primeras memorias son un tanto difusas. En su tierna edad sus padres habían conseguido los pasa­portes, habían hablado el tema con varios, y entre mapas y equipajes se despidieron de la familia, de los amigos y de la iglesia, y volaron ha­cia el norte de África. Una vez llega­das allá se establecieron y los años fueron pasando. Crecieron en ese país, allí estudiaron--aunque les fue tremendamente difícil hacerlo en un idioma tan extraño, con un alfabeto raro--y allí nació un tercer hermani­to: René.

 

Cada cuatro o cinco años la fami­lia regresaba a su pais de origen para visitar parientes, compartir con la iglesia, y fortalecerse para el retorno al norte de África. Al ir pasando los años, Dina, Paco, y René observaron cosas, aprendieron otras costumbres y fueron expuestos a una realidad distinta de la que sus familiares y amigos en su país de origen nunca pensarían como posibilidades pro­pias. Allí en ese ámbito tan diferente, vieron a sus padres orar, los vie­ron luchar contra el enemigo, palparon en carne propia el triunfo del primer puñado de creyentes, y por propia experiencia observaron el nacimiento de una iglesia, a pesar de la oposición y la persecución.

 

Dentro de ellos mismos, los tres hijos experimentaron cambios pro­fundos, algunos de los cuales los vi­vieron como niños, y más tarde en su juventud. Sin embargo muchos de esos cambios sucedieron sin que ellos se dieran cuenta. No fue sino hasta llegar a ser jóvenes adultos que entendieron más acerca de su experiencia singular: habían nacido en una cultura, la cual seguían te­niendo en su ambiente hogareño, pero habían crecido en medio de otra, con toda la «química interior, que ello conlleva para el desarrollo de la personalidad. Estos tres her­manos vivieron algo muy significativos en un país que, paulatinamente, había llegado a ser mas “casa” que la vida de sus familiares y la iglesia en su país de origen.

 

Claro, no fue fácil. La familia su­frió muchísimo. Desde la soledad--por mucho tiempo- hasta la esca­sez financiera, pasando por ignorancia de la cultura, soportaron por muchas situaciones--hostiga­miento en el colegio local y muchas otras cosas más--pagando el precio de la cruz de Cristo.

 

Ya en sus años de adolescencia, al regresar al “país de pasaporte”, se daban cuenta de que sus primos y otros jóvenes de la iglesia no los entendían; a la verdad, era un fenómeno mutuo, porque ellos no entendían a sus paisanos tampoco. Los temas en que unos y otros estaban eran muy diferentes.

 

Con todo, los tres hijos participa­ron de una familia sana, positiva, crecieron sabiendo que sus padres los amaban profundamente, y que ellos, como hijos, tenían la más alta prioridad en la familia. Al final de cuentas, la familia había gozado de “vacaciones singulares”, y sus pa­dres se habían comprometido para invertir en la vida y en la dinámica del hogar.

 

Los tres llegaron a conocer a nuestro Señor, aceptando a Cristo y siendo bautizados allá, en el campo “misionero”, donde ya se sentían como “en casa”.

 

Una Raza Internacional

Como usted bien sabe, Dina, Paco, y René son nombres ficticios. No obstante nos ilustran una innegable realidad. Podrían tener nombres anglosajones, indonesios, coreanos, africanos...Ellos representan una dimensión profundamente significativa para la iglesia cristiana en todos los países del mundo: son los hijos de los misioneros.

 

Yo también soy uno de ellos, naci­do de padres misioneros en Costa Rica. Mis tres hijos también lo son, por­que ellos nacieron en Guatemala, también de padres misioneros. A la verdad, somos “legión”, nacidos o criados en países diferentes a los de nuestros pasaportes. Hemos estudiando en otras culturas, hemos aprendido otros idiomas. Hemos experimen­tado la vida transcultural e interna­cional. Algunos de los de nuestro “gremio” padecen grandes proble­mas personales y crisis de identidad. No todos tuvieron padres con priori­dades correctas que valoraban la fa­milia como ministerio en sí. Algunos hijos de misioneros, lo digo con tristeza, han rechazado la fe de sus pa­dres. Otros tienen una desorienta­ción mayúscula, debido a que no sa­ben a que cultura pertenecen, y aun otros tienen graves dificultades al reintegrarse a su país de origen, especialmente por ser otro sistema educativo y cultural. Por eso es que nos llamamos “los tercerculturistas”, es decir, obviamente no somos ciu­dadanos completos del país donde nosotros o nuestros padres fuimos misioneros. Pero tampoco nos sentimos del todo ciudadanos del país de nuestro pasaporte! Somos una mez­cla, una combinación de valores, de culturas, de idiomas, de identidad personal. Lo cierto es que, al llegar a nuestra adultez, nos sentimos plenamente identificados con aquellos que han experimentado algo similar: la vida transcultural, internacional.

 

Pensando en Ellos

Somos hijos de quijotes. Nuestros padres han cabalgado por tierras extrañas, han invertido sus vidas, sus días v sus noches en una campaña de lucha, derrota, victoria. Y en medio de esa aventura de fe hemos nacido y nos hemos criado. Como hijos no tuvimos ni voz ni voto en las decisiones originales de nuestros padres. Ellos, como misioneros, habían res­pondido a un desafío divino: el de llevar el Evangelio a otras culturas, donde no se conoce a Cristo. Los pa­dres tuvieron que pagar un alto pre­cio, y obviamente los hijos también lo pagaron. Esto sí me consta.

 

¿De que manera una iglesia mi­sionera puede apreciar las dimensiones que tocan a la familia misionera, en este caso a los hijos de misioneros? En primer lugar, cada persona involucrada en las misiones--sean estos pastores, motivadores, líderes misioneros, y misionros en sí--debe tomar en serio la importancia de la experiencia de los hijos. Desafortunadamente, algunos entusiastas de las misiones no han pensado a fondo sobre este asunto. Se han motivado por emociones, por los retos, por las necesidades de otros, y hasta algunos con una perspectiva “color de rosas”. Pero no es así la realidad. Cuando pensamos en misiones no sólo cuenta la readad de los que se convertirán, sino también la de aquellos a quienes enviaremos.

 

En segundo lugar, los líderes misioneros tienen que anticipar las necesidades de la familia misionera. En particular me refiero a las dimensiones que tocan la vida familiar, la educación de los hijos, y su identi­dad cultural. A través de mis treinta años en las misiones (sin contar mis años de formación) he visto varias iglesias, agencias misioneras, y líderes misioneros que trabajan con una perspectiva pastoral, buscando el mayor bien de la familia misionera. Pero también he visto a otros que ope­ran con una miopía sorprendente en este asunto tan crítico de las misio­nes. Y el precio que se paga es aun mayor, porque descuidan la pastoral dirigida a la familia misionera; creen que los misioneros son casi “santos consumados”, y no piensan en las multiformes necesidades que tienen en el campo, lejos del hogar original.

 

El movimiento misionero latinoamericano es relativamente joven, y en algunos pocos casos ha podido desarrollar su propia infraestructura, necesaria para ofrecer lo imperativo en el campo misionero: orientación estratégica en cuanto a la labor, apoyo pastoral, supervisión, tiempo para nutrirse y fortalecerse, ya sea de retorno “en casa” o en el campo misionero mismo.

 

Dina, Paco, y René; Guillermo, Cristina, David, y Stephanie, y miles de miles más. Hijos de misioneros. Hijos de quijo­tes divinos. Personas multiculturales; creyentes internacionales que han visto la mano poderosa de Dios; in­dividuos con una mezcla de orienta­ciones culturales.

 

Por la gracia de Dios somos lo que somos. A veces la gente me pre­gunta de qué manera valoro el hecho de ser un hijo de misionero. Entonces reflexiono un poco, porque es una pregunta que merece una respuesta bien pensada. Yo nunca cambiaría mi experiencia fundamental de ser hijo de misionero, ni de haber vivido y trabajado como misionero en América latina donde nacieron nuestros hijos. Pero soy franco. No ha sido del todo fácil, y aun como adulto he teni­do que revisar mi experiencia para procesarla de nuevo. Así, al aceptar y asumir mi destino como “hijo de quijotes”, puedo orientar mejor a la nueva generación de futuros misio­neros, y de igual forma a los que ya están en el campo.

 

Hijos de quijotes. Me gusta esa frase. Lo soy, y doy gracias a Dios por esta experiencia transformadora en mi vida. Se lo recomiendo. Pero píenselo bien.

 

Guillermo Taylor es director de la Comisión de Misiones de la Alianza Evangélica Mundial. Además es autor de varios libros, maestro, y conferencista internacional. Este artículo se publicó en Ellos Y Nosotros, 1995. Usado por permiso.